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| La Fuerza de Submarinos de la Armada Argentina en la crisis de 1978 |
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Extraña decisión
Para aquel verano “caliente” del 1978, la Armada Argentina contaba con dos modernísimos submarinos de la clase 209 –incorporados en 1974- armados con torpedos filo guiados SST-4 que se completaban con los MK-37. Sin embargo, el Comandante de la Fuerza de Submarinos, despacho a las zonas de mayor peligro a los viejos Guppy.
El porqué de esta decisión hoy es muy difícil de explicar. Si bien los Guppy tenían aún valor militar residual por su vejez, sus tripulaciones casi triplicaban a la de los 209 (88 contra 36). Así que imaginar el análisis de los altos comandos de la época resulta sumamente complicado.
Cierto es que cuando los submarinos 209 llegaron a Mar del Plata recién incorporados, se produjo una absurda fractura entre oficiales y tripulaciones submarinistas. El “Salta” y el “San Luis” solo podían ser abordados por su propia tripulación, prohibiéndose la visita a los mismos de cualquier otro oficial que no tuviera la “especialidad 209”, tal era su misterio y su secreto. Cuando los oficiales se graduaban como submarinistas su suerte se sellaba de acuerdo al destino que les tocaba. Si este era uno de los 209, se ingresaba a una especie de elite naval de submarinistas de moderna concepción; si en cambio el destino era a uno de los Guppy eran mirados con desdén por sus pares de los revolucionarios submarinos alemanes.
Además los Guppy variaban con el tiempo su jerarquía como comando, algunos años fueron Comando de 3ra (Capitán de Corbeta) y unos pocos de Comando de segunda (Capitán de Fragata). No sería extraño que estos prejuicios pudieran haber tenido incidencia en aquella decisión estratégica.

A diferencia de lo que ocurrirá en 1982 que el submarino “San Luís” zarpa a la batalla con una tripulación recién incorporada y apenas una corta navegación como “equipo”, en 1978 las tripulaciones tenían unos 100 días de navegación y esa experiencia se tradujo en un eficaz desempeño. En realidad, el rechazo unilateral del gobierno de facto argentino al laudo arbitral de la corona británica en mayo de 1977, abría una cierta posibilidad de solucionar la vieja disputa por la vía de la armas. Por ello, a diferencia con el conflicto por las Islas Malvinas, las fuerzas armadas y, en este caso ambas marinas de guerra, tuvieron tiempo de adiestrarse por más de un año.
Antes de continuar, es importante que el lector recuerde que la actividad de un submarino convencional es exasperadamente lenta a ojos de quien no es submarinista. Los sonidos de naves que se detectan por el sonar pasivo, pueden provenir de decenas de kilómetros de distancia o a varias horas de navegación. A su vez el submarino en patrulla se desplaza a 5 o 6 nudos de velocidad (unos 10 km/h). Es lenta la posibilidad de clasificar un blanco; es lenta la posibilidad de interceptarlo y solo la pericia, arrojo e intuición del Comandante puede ubicarlo en una situación favorable para atacar y tener posibilidades de poner a su nave y tripulación a salvo una vez consumado un ataque. Si a ello agregamos que con torpedos de corrida recta como los Mk-14 la distancia de lanzamiento no debería superar los 2000 metros para esperar algún impacto, se puede observar que se trata de una guerra muy distinta a las que se libran con otros sistemas de armas. Por ello, lo que se detalla a continuación son infinitas horas del juego del “gato y el ratón”, donde la adrenalina de cada uno de los tripulantes, se fue derramando en forma permanente y no cedió hasta el regreso a aguas propias una vez enfriada la posibilidad del conflicto armado.

Entre 1957 y 1961, las armadas de Argentina, Brasil y Chile, al igual que muchas Armadas de mundo,� recibieron, en pr�stamo y arriendo de la US Navy, sumergibles de la Clase Balao, todos veteranos de la 2da Guerra Mundial. La sesi�n de estos sumergibles se hacia a trav�s del MAP (Military Aid Program) y era por cinco a�os renovables,� teniendo por objeto mantener tripulaciones aliadas entrenadas de modo tal que en caso de necesidad, poder intervenir conformando una Fuerza Multinacional contra el bloque sovi�tico.
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Entre 1971 y 1973, los Balao fueron reemplazados por los Guppy (Greather Underwather Propulsion Program), una versi�n muy modernizada de los Balao, llevadas a cabo en EEUU, b�sicamente entre1948 y 1954 y de los que Brasil y Argentina recibieron varios, mientras que la Armada de Chile se qued� con sus viejos “Thompson” y “Simpson” con solo modificaciones en su vela para mejorar la hidrodinamia en inmersi�n. (Vale aclarar que para 1978 la ARCh ya contaba con dos submarinos modernos de la Clase Ober�n brit�nica). Si bien los sumergibles deb�an emerger totalmente para cargar su bater�a, esta maniobra solo se deb�a realizar de noche por cuestiones de discreci�n.� Esta situaci�n se deb�a al hecho de que los Clase Balao, no hab�an recibido el Snorkel.

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La campa�a de los Guppy
A 30 a�os de aquella peligrosa campa�a, las an�cdotas superan a los relatos operativos, sin embargo se pueden ejemplificar algunos detalles para ilustrar:
Las turbulentas aguas del Cabo de Hornos dificultaban tremendamente la recarga de bater�as mediante el empleo nocturno del snorkel. En efecto, este artefacto que asoma algo m�s de un metro sobre la superficie, admite el ingreso de aire fresco del exterior y con �l, adem�s de ventilar el interior de la nave permite la puesta en funcionamiento de los motores diesel que recargan las bater�as. Es snorkel posee una v�lvula que se cierra autom�ticamente si una ola lo supera, de manera de evitar el ingreso de agua dentro de la nave. Si ello ocurre, se produce en el interior del submarino una enorme presi�n negativa debido a la voracidad de los motores diesel –que se detienen- con un muy desagradable efecto sobre los o�dos de la tripulaci�n. Por ello, las bater�as se recargaban a veces en forma muy limitada y la renovaci�n de la atm�sfera interior era muy pobre. Con seguridad la TIS (tasa de indiscreci�n en superficie) debe haber sido forzosamente baja.
Cada vez que se detectaba un rumor hidrof�nico en las proximidades, m�s all� de la clasificaci�n del o�do de los sonaristas, el comandante ordenaba pasar a profundidad de periscopio a fin de investigar a la nave de superficie detectada. No obstante, esta maniobra pod�a complicarse mucho ya que el fuerte oleaje pod�a hacer aflorar al submarino sobre la superficie y por ende dificultar el paso a plano profundo con el riesgo de ser detectado.
En los prolongados tiempos donde se ordenaba “silencio de combate”, los tripulantes que no cubr�an roles deb�an acostarse para disminuir el consumo de ox�geno. Adem�s se apagaban los sistemas de aire acondicionado con la finalidad de ahorrar la preciosa electricidad acumulada en la bater�a y a los pocos minutos el interior del fr�o casco resistente comenzaba a gotear en forma persistente por efecto de la condensaci�n de la actividad biol�gica y de la temperatura emanada por los equipos en funcionamiento. El interior de la nave solo se iluminaba por unas pocas y tenues luces rojas de bajo consumo. El agua potable se racion� a menos de un litro por d�a por tripulante y las posibilidades de ba�o se limitaban, cuando se pod�a,� a hacerlo con agua salada. Las barbas comenzaban a crecer.
Las furiosas corrientes, producidas por el encuentro de ambos oc�anos en el Drake, a veces hac�an rolar a los submarinos a 50 metros de profundidad tal como si estuvieran en superficie hasta unos 30�. En cierta oportunidad el comandante del “Santiago del Estero” orden� subir a plano de periscopio para “dar un vistazo” y con mezcla de desesperaci�n y sorpresa observ� una inesperada monta�a a escasa distancia de su nave. En otro momento se encontraron inesperadamente a 10 millas n�uticas de la isla Diego Ram�rez, muy al Sur de donde calculaban estar. Ciertamente, si se pudiera observar hoy esa carta de navegaci�n, se encontrar�an en ella curiosos “saltos”.
El primitivo sistema de posicionamiento satelital, denominado Magnavox,� era �til �nicamente si coincid�a el paso del sat�lite cuando el submarino asomaba su antena. Por otra parte no se contaban con computadoras que graban las “firmas” de naves, esto es los rumores emitidos de las h�lices, que a modo de huella digital es �nica de cada barco. Solo se contaba con la pericia y buena memoria de los sonaristas.
Un tripulante del submarino “Santa Fe” enferm� de apendicitis durante la campa�a. La enfermedad fue agrav�ndose con el correr de los d�as y no hab�a posibilidad alguna de evacuar al paciente. Su estado de salud lleg� al tal punto que el enfermero de la nave pidi� autorizaci�n para operarlo de urgencia. El Comandante no autoriz� la intervenci�n quir�rgica. Sin embargo, la medicaci�n administrada hizo efecto y el tripulante mejor� lo suficiente como para llegar en aceptable estado de salud al fin de la campa�a.
Al borde de la Guerra
Sin poder precisar las fechas ambos Guppys estuvieron muy cerca de comenzar la guerra, al interpretar, afortunadamente, sus �rdenes en buen criterio. Avanzado el mes de diciembre el submarino “Santa Fe” patrullaba la boca de Bah�a Cook navegando a 50 metros de profundidad. Los sonaristas advirtieron ruidos de h�lices de naves de guerra en aproximaci�n. El Comandante del S-21 toc� alarma de combate, la tripulaci�n ocup� sus puestos y se alistaron todos los tubos lanzatorpedos. Los rumores de los blancos se fueron sumando hasta convertirse en “una flota”. La escuadra chilena se abr�a a aguas abiertas del Pac�fico sur pasando justo por arriba del “S-21”.
Tres, cuatro, seis..., 13 fueron las naves contabilizadas por los sonaristas. Algunas de h�lices “pesadas”, crucero por ejemplo, y la mayor�a de h�lices “livianas” como destructores.
Sin embargo, la flota chilena navegaba “sin emitir”, esto es sin actividad de los sonares activos de los buques de escolta. La decisi�n de un Comandante de Escuadra de navegar sin emitir puede tener varios razonamientos, como por ejemplo no estar buscando ning�n blanco submarino; que prefiera ser m�s discreto, ya que las emisiones de sonar se propagan a gran distancia y son detectadas por los equipos de contramedidas de los submarinos, advirtiendo su rumbo o derrota, etc.
No es dif�cil imaginar los momentos de gran tensi�n vividos por la tripulaci�n del “Santa Fe”. Pr�cticamente suspendidos en silencio a decenas de metros bajo el Pac�fico, esperando la actitud del contrincante, con las armas listas para ser lanzadas si llegado el caso alcanzaran una posici�n t�ctica adecuada para atacar.
No obstante, la flota chilena se intern� en aguas abiertas alej�ndose del “S-21”. De acuerdo a sus �rdenes, el Comandante no consider� actitud hostil de la Escuadra, m�xime en momentos que no hab�a declaraci�n de guerra formal.
El “Santa Fe” naveg� en alejamiento hasta un lugar apropiado, busc� profundidad de periscopio y asomando su antena de comunicaciones, rompi� su silencio de radio para trasmitir a sus superiores la actividad, el n�mero de barcos y el rumbo de los mismos al momento de haberlos detectado.
En esta campa�a por primara vez en la historia de la Fuerza se utilizaron “claves especiales” para submarinos y se embarcaron en las cuatro unidades – con apenas preparaci�n y adiestramiento de los operadores – sendos equipos criptogr�ficos de �ltima generaci�n. Este nuevo conjunto de criptosistemas fue la base de la implementaci�n – tambi�n por primera vez – del novedoso sistema de comunicaciones de submarinos. Este sistema con los necesarios cambios tecnol�gicos se mantiene aun en vigor dado la performance alcanzada en esa campa�a y las sucesivas muestras de su eficiencia en los a�os futuros.
D�as despu�s recibi� la orden de destacarse a Isla de los Estados con la finalidad de encontrarse con su buque madre, el buque pesquero “Arancena” (se trataba de un barco factor�a civil requisado al efecto), en las tranquilas aguas de alguna de las caletas de la isla de caprichosa geograf�a, al que le dej� un inc�modo recuerdo al momento de su arribo. Amadrinado al pesquero se encontraba el submarino “San Lu�s”. La tripulaci�n del “Santa Fe” pudo al fin distenderse, ba�arse y reaprovisionar la nave de v�veres y agua fresca. La Navidad y el A�o Nuevo se festejar�an a�n en inmersi�n.





