martes, 2 de abril de 2013
Una Maniobra, un recuerdo, un agradecimiento
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Cabo Damian Washington Riveros |
Cuando disminuye la velocidad (aproximadamente 6 Ns) tocamos en el fondo del mar con la proa, pero el buque comenzó a elevarse nuevamente, en el momento del “toque” un tripulante, un personaje querible, el Cabo Damian Washington Riveros (cariñosamente llamado “PITI”) sin orden alguna e iluminado por Dios, hizo que en el preciso momento del impacto en el fondo, abriera las válvulas de compenso de los tanque de torpedos de proa, produciendo la inundación de ellos. Esto motivo que el submarino se pusiera “pesado” de proa produciendo una serie de 4 o 5 rebotes en el fondo marino, evitando la segura avería en la hélice y timones. Si esto sucedía, de allí abajo nunca hubiéramos salido. así que... PITI RIVERO, un abrazo y gracias donde quieras que estés, nos salvaste la vida.
ALBERTO POSKIN
VGM Suboficial Segundo (RE)
Ex Tripulante Submarino “SAN LUIS” 1982
miércoles, 25 de abril de 2012
Helicoptero a Popaaa!!! -Relato de Guerra
.. La zona todavía estaba oscura con buen tiempo, yo conformaba el grupo de vigías de guardia, en un momento oculto entre las sombras producidas por las montañas del lugar y por la popa del submarino a muy baja altura observo un elemento que no condecía con el horizonte, agudizo la vista y grito en forma desaforada ¡ HELICOPTERO A POPA, HELICOPTERO A POPA!!!!. 

Nunca había visto un lanzamiento de misil, pero les puedo asegurar que con dos que exploten cerca, uno se vuelve un experto. Por eso cada vez que un helicóptero nos apuntaba con su proa nosotros gritábamos “abajo todo el mundo” , dejábamos los fusiles en el piso y saltando de posta en posta desde la parte superior hasta Control.
En ese trayecto se escuchaban las explosiones y el temblor y también los gritos del Comandante alertando la aproximación de los atacantes. Mientras tanto el submarino navegaba a máxima velocidad hacia Greetviken.
Recuerdo que en una de esas estabamos meta tiro y tiro, los fusiles que se trababan, los tirábamos al agua y vimos con el Comandante que se venia un helicóptero hacia nosotros cubriéndose con ametralladoras.
Los piques de los proyectiles marcaban una línea en el agua, los dos nos tirábamos al piso de la vela (aquel que conoce un submarino sabe que ese espacio es muy reducido) y mirábamos las flores que se formaban en la fibra de vidrio de la estructura de la vela al ser atravesada por los disparos.
Las balas pasaban muy cerca nuestro, cuando no escuchábamos el repite de la municiones, sabíamos que era el momento de reincorporarse y repeler el ataque nuevamente. Ahora quiero hacer un alto en el combate y mencionar a un nombre que me merece que su apellido se escriba siempre con mayúsculas, MACIAS, su trabajo era el de camarero en esos tiempos era un joven muchacho, lleno de sueños, siempre listo para desempañar sus tareas, joven total. En oportunidades subía a la vela por las noches a brindarnos una taza de café o agua caliente para el mate, y asi poder paliar el frío lacerante de los inviernos en la torreta del submarinos durante las navegaciones en superficie. Este hombre cuya edad no recuerdo no tenia la vaquia (experiencia) de un vigía o de un oficial para desalojar el puente. Nosotros practicábamos y nos tomábamos los tiempos de descenso, porque dependía de nuestra celeridad que el submarinos comenzara su inmersión. MACIAS no tenia la practica suficiente para bajar los 10 peldaños de cada una de las escaleras de un salto. Pero aquella carencia de MACIAS no fue impedimento para demostrar su valor y amor por la patria.
En uno de los ataques con misiles doy la orden de desalojar la vela. Mis fusileros acatan lo mandado y se lanzan hacia Comando, quedando MARECO por saltar, lo hace normalmente, por detrás sigue Alberto MACIAS poniendo el pie izquierdo y buscando un lugar libre para saltar, en ese instante un misil que no se activa atraviesa el mamparo de fibra de vidrio de la vela, justo por el centro de ese espacio al pasar se lleva la pierna de MACIAS y estalla en el exterior por la banda de estribor.
La onda expansiva me tira contra el TBT y a MACIAS hacia abajo, en la confusión se produce un incendio tipo fosforado, sin pensarlo me tiro hacia el compartimento de Control, allí me encuentro con mis fusileros y MACIAS tratando de subir de nuevo, no se había dado cuenta que le faltaba la pierna derecha.
El “brujo” (enfermero) FUNES, ya con su morfina, le hace un torniquete y lo asiste, nosotros seguíamos combatiendo. Así también transcurrió la defensa de nuestro querido SANTA FE, cada tripulante entrego lo suyo, sin la necesidad de pedir nada. Un ejemplo de esto fue cuando disparábamos nuestros fusiles, en el momento que se sentía el golpe seco del gatillar, era porque ya no tenia balas, con solo oprimirla traba del cargador y dejar caer el vacío alguien de inmediato colocaba uno nuevo y con solo accionar el cerrojo se podia continuar disparando sin parar, defendiéndonos con los dientes apretados llegamos al muelle. El Capitán BICAIN atraco el submarino en forma suave y con la rapidez de los que saben. De inmediato recibimos su orden por el 1 MC (comunicaciones internas) de “desembarcar por los lugares habituales” – Quiero remarcar que la orden fue “desembarcar” y no abandonar la unidad.
Relato de GuerraEl tiroteo era intenso, los ingleses si bien se cubrían con ametralladoras no se acercaban demasiado. Nosotros en el fragor de la lucha y con el deseo de eliminar al enemigo, gritábamos con toda la fuerza de nuestra garganta “Diosito acercalos un poquito mas a estos bastardos”. Pero Dios en ese momento no tenia el mando de los helicopteros. Por eso renuncie a EL por un tiempo.
Nunca había visto un lanzamiento de misil, pero les puedo asegurar que con dos que exploten cerca, uno se vuelve un experto. Por eso cada vez que un helicóptero nos apuntaba con su proa nosotros gritábamos “abajo todo el mundo” , dejábamos los fusiles en el piso y saltando de posta en posta desde la parte superior hasta Control.
En ese trayecto se escuchaban las explosiones y el temblor y también los gritos del Comandante alertando la aproximación de los atacantes. Mientras tanto el submarino navegaba a máxima velocidad hacia Greetviken.
Recuerdo que en una de esas estabamos meta tiro y tiro, los fusiles que se trababan, los tirábamos al agua y vimos con el Comandante que se venia un helicóptero hacia nosotros cubriéndose con ametralladoras.
Los piques de los proyectiles marcaban una línea en el agua, los dos nos tirábamos al piso de la vela (aquel que conoce un submarino sabe que ese espacio es muy reducido) y mirábamos las flores que se formaban en la fibra de vidrio de la estructura de la vela al ser atravesada por los disparos.
Las balas pasaban muy cerca nuestro, cuando no escuchábamos el repite de la municiones, sabíamos que era el momento de reincorporarse y repeler el ataque nuevamente.
Ahora quiero hacer un alto en el combate y mencionar a un nombre que me merece que su apellido se escriba siempre con mayúsculas, MACIAS, su trabajo era el de camarero en esos tiempos era un joven muchacho, lleno de sueños, siempre listo para desempañar sus tareas, joven total. En oportunidades subía a la vela por las noches a brindarnos una taza de café o agua caliente para el mate, y asi poder paliar el frío lacerante de los inviernos en la torreta del submarinos durante las navegaciones en superficie.
Este hombre cuya edad no recuerdo no tenia la vaquia (experiencia) de un vigía o de un oficial para desalojar el puente. Nosotros practicábamos y nos tomábamos los tiempos de descenso, porque dependía de nuestra celeridad que el submarinos comenzara su inmersión. MACIAS no tenia la practica suficiente para bajar los 10 peldaños de cada una de las escaleras de un salto. Pero aquella carencia de MACIAS no fue impedimento para demostrar su valor y amor por la patria.
En uno de los ataques con misiles doy la orden de desalojar la vela. Mis fusileros acatan lo mandado y se lanzan hacia Comando, quedando MARECO por saltar, lo hace normalmente, por detrás sigue Alberto MACIAS poniendo el pie izquierdo y buscando un lugar libre para saltar, en ese instante un misil que no se activa atraviesa el mamparo de fibra de vidrio de la vela, justo por el centro de ese espacio al pasar se lleva la pierna de MACIAS y estalla en el exterior por la banda de estribor.
La onda expansiva me tira contra el TBT y a MACIAS hacia abajo, en la confusión se produce un incendio tipo fosforado, sin pensarlo me tiro hacia el compartimento de Control, allí me encuentro con mis fusileros y MACIAS tratando de subir de nuevo, no se había dado cuenta que le faltaba la pierna derecha.
El “brujo” (enfermero) FUNES, ya con su morfina, le hace un torniquete y lo asiste, nosotros seguíamos combatiendo.
Así también transcurrió la defensa de nuestro querido SANTA FE, cada tripulante entrego lo suyo, sin la necesidad de pedir nada. Un ejemplo de esto fue cuando disparábamos nuestros fusiles, en el momento que se sentía el golpe seco del gatillar, era porque ya no tenia balas, con solo oprimirla traba del cargador y dejar caer el vacío alguien de inmediato colocaba uno nuevo y con solo accionar el cerrojo se podia continuar disparando sin parar, defendiéndonos con los dientes apretados llegamos al muelle.
El Capitán BICAIN atraco el submarino en forma suave y con la rapidez de los que saben.
De inmediato recibimos su orden por el 1 MC (comunicaciones internas) de “desembarcar por los lugares habituales” – Quiero remarcar que la orden fue “desembarcar” y no abandonar la unidad.
...“sigo custodiando nuestras islas desde otro barco en la soledad del mando y de los recuerdos”
domingo, 1 de mayo de 2011
A los hombres de aquel 2 de Abril
La última batalla de una guerra inconclusa por la soberanía de nuestros espacios geográficos irredentos. Hoy, sus veteranos, no vencidos y con su orgullo intacto por el deber militar cumplido, honran en todo el país a los 649 héroes caídos.
El sábado 26 de marzo amaneció luminoso, han transcurrido 29 años de ese mismo día de 1982, en el que sólo un puñado de hombres, elegidos por la historia, se enteraban por primera vez, que la recuperación de nuestras islas Malvinas estaba en marcha.
Me levanté temprano, apuré el desayuno y me dirigí resuelto a la Base Naval Mar del Plata. Ese día viajábamos en comisión a otra ciudad para hacer entrega de un Pabellón Nacional a una Escuela. Quería recorrer sus instalaciones con la intención misma de caminar en la historia. Recorrer la plaza de armas, desde el edificio de la Agrupación de Buzos Tácticos (APBT) hacia el del actual Comando de la Fuerza de Submarinos, en ese lugar en 1982, se encontraba el asiento de la Agrupación de Comandos Anfibios (APCA), desde allí dirigirme a la dársena de submarinos. Lugares que me son comunes, que recorro a diario, pero este sábado me resultaban totalmente diferentes. Tenía tiempo, eran parte de las páginas de un libro de historia reciente, el escenario mismo, no la foto fría que a veces lo ilustra, quería aprovechar ese tiempo.
Por esos días (1982), el comandante de la Agrupación de Buzos Tácticos (APBT), era el capitán de corbeta Alfredo R. Cufré, y el Comandante de la Agrupación de Comandos Anfibios (APCA), era el capitán de corbeta (IM) Guillermo Sánchez Sabarots. Aquel 26 de marzo, acababan de llegar ambos, de la Base Naval de Puerto Belgrano.
Una llamada telefónica del capitán Cufré requirió "Alistar la unidad (APBT) para una operación inmediata" y le ordenó al teniente de fragata (BT) Diego Fernando García Quiroga, presentarse a la Agrupación de Comandos Anfibios (APCA) y ponerse a las órdenes de su comandante, el capitán Sánchez Sabarots.
En esa plaza de Armas, que hoy lleva el nombre de "Submarino Santa Fe", aun puede escucharse el relato del propio García Quiroga: "... - Me dirigí entonces al aula de la Agrupación de Comandos Anfibios convertida en sala de situación, el capitán Sánchez Sabarots me dijo entonces que yo, junto con otros 7 Buzos Tácticos que ya había elegido, íbamos a integrar una patrulla mixta de Buzos Tácticos y Comandos Anfibios cuyo jefe sería el capitán de corbeta (IM) Pedro Giachino, a quien yo conocía. Esta Patrulla actuaría a sus órdenes en el desembarco a realizarse en las Islas Malvinas, desde el destructor ARA "Santísima Trinidad". Mi comandante (capitán Cufré), me explicó luego que la operación consistiría en tomar Puerto Stanley, lo que prima facie era tarea clásica de los Comandos Anfibios (combate en localidades), mientras que los Buzos Tácticos marcaríamos, limpiaríamos, y aseguraríamos la playa para el desembarco principal, operando desde un submarino. Esta sí era la típica misión de los Buzos Tácticos y él junto a otros doce hombres de la Agrupación, embarcarían el día 27 en el Submarino ARA "Santa Fe" con rumbo a las islas Malvinas."
Me encontraba tratando de hilvanar estos relatos y los hechos posteriores, con el fin de realizar esta nota, cuando tres figuras conocidas se me acercaron, eran, el suboficial principal (RE) Manuel Fernández, integrante de la dotación del submarino "Santa Fe", junto a los suboficiales mayores (BT) Gregorio Cardozo y Antonio Rivero, quienes desembarcaron desde ese submarino el día 2 de Abril para marcar y limpiar las playas para el desembarco principal junto a su comandante, el Capitán Alfredo Cufré. Caminaban en silencio, venían precisamente de la dársena de submarinos.
De estos hombres y su acción de marcar las playas, diría luego el propio Almirante Busser: "... - Desde mi vehículo anfibio, lanzado desde el BDT ARA "Cabo San Antonio", poco a poco comenzamos a distinguir la playa y una luz en ella. Los Buzos Tácticos nos estaban marcando el lugar correcto. Mi vehículo pasó muy cerca del hombre que tendido en la playa sostenía la señal luminosa. Se lo distinguía apenas, pues había muy poca claridad. Sentí mucho orgullo y una profunda ternura al verlo. Mientras lo sobrepasábamos lo seguí mirando mientras otros vehículos se aproximaban."
Al detectar actividad de defensa británica, cambiaron las playas previstas, su acción subrepticia, sin ser siquiera vistos por el enemigo, salvó ese día un gran número de vidas argentinas.
Junto con los suboficiales que se habían sumado a mi recorrido, nos dirigimos a la Agrupación de Buzos Tácticos. En el pasillo principal de entrada, sobre la pared derecha, sobre la bandera británica del Faro San Felipe, trofeo de guerra de aquella recuperación heroica, se encuentra la navaja "Victorinox" que le salvó la vida al teniente García Quiroga al detener una bala de 9 mm que le podía haber cortado la arteria femoral. "- Esto te muestra que el enemigo no te mata solo si Dios no quiere." No distinguí cual de mis amigos había pronunciado la frase. No hacía falta preguntar, la frase en sí misma resumía lo que es la guerra, lo que es un combate... la diferencia entre volver, o quedarte, entre García Quiroga, el cabo Urbina y el propio capitán Giachino... sólo como Dios lo Dispone. Todos estos hombres eran jóvenes, habían puesto por igual, profesionalismo, valor y coraje, en apenas 74 días de acción 649 de ellos no volverían jamás. Dios lo había querido así. Ellos son los únicos Héroes a los que hoy rendimos este silencioso y personal tributo.
Se sumarían a nosotros, en este paseo por los recuerdos y la historia, el suboficial mayor Edgardo Acosta, de la dotación de la corbeta "Guerrico", veterano de aquel combate del 3 de Abril en la bahía de Grytviken, en el que cayó un valiente Salteño, el cabo Patricio Huanca, aferrado a su posición en el cañón 40/60 de popa. Junto a él venían el suboficial principal Alejandro Aballay, superviviente del Crucero ARA "General Belgrano", el suboficial segundo Hugo Alberto Gorosito, último náufrago rescatado con vida del Crucero ARA "General Belgrano" y el Suboficial Principal, Marcelo Gramacioli, uno de los camaradas que lo rescató desde la cubierta del Destructor ARA “Piedra Buena”
Ninguno de estos hombres había coordinado previamente este momento. Este sábado vinimos sólo motivados por una necesidad interior. La mía, la de repasar esta historia, la de ellos... conociéndolos y contando con el privilegio de su amistad... la de estar a solas, con sus profundos silencios, con sus recuerdos, junto a aquellos camaradas, los que quedaron, los que no volvieron... Lejos de homenajes, de reclamos y de quejas, con el orgullo intacto de ser soldados, de haber cumplido y fundamentalmente de seguir cumpliendo, de seguir siendo Marinos Argentinos.
Agradecemos la gentileza de compartir este material al autor del mismo el Señor Oscar Filippi para elRetratodehoy.com.ar.
viernes, 29 de octubre de 2010
Malvinas:Tras los submarinos ingleses (Extracto)

El día 7, y ante las frustraciones británicas en asestar otro golpe “decisivo” a la Flota de Mar, se extendió la Zona de Exclusión Total hasta las 12 millas de la línea de más bajas mareas del territorio continental.
Era claro que los buques argentinos debían ser atacados y hundidos mientras se mantuvieran en el mar y significaran aunque sea la más mínima amenaza para la Task Force.
Importando ello poco a los marinos embarcados en el portaaviones, siendo las 16:00, con techos bajos y visibilidad reducida, se lanzó el 2-AS-26 al comando del Teniente de Navío Fortini y con el Teniente de Corbeta “Rafa” Cornejo Solá, amén de los suboficiales I. Lencina y Conde, nuevamente para proporcionar protección antisubmarina.
Luego de un vuelo sin mayores novedades, a las 20:10 el operador radar obtuvo un contacto pequeño en latitud 42°31' S longitud 62°05' O, alertando al comandante en forma inmediata. El suboficial lo perdió a 11 millas, sin embargo, se puso proa al punto dato, procediéndose a largar una sonoboya pasiva. Como indica la doctrina, el operador acústico sintonizó su frecuencia y escuchó el audio que provenía de la boya por treinta segundos, para confirmar su buen funcionamiento. En ese momento le pareció escuchar un batido de palas de hélice y el zumbido de una turbina, aunque rápidamente dichos sonidos se desvanecieron.

El 2-AS-25 en catapulta. En primer plano el entonces Teniente de Navío Mariano Iriart
Sin mucho más que pensar, el Teniente Cornejo Solá, ante el requerimiento del comandante, efectuó el lanzamiento de una bomba de profundidad, que detonó ruidosamente al llegar a la profundidad preseleccionada. Obviamente, no estaban dados los criterios fijados para el lanzamiento de la carga, pero existía allí una razonable posibilidad de hacerle saber al eventual submarino la voluntad de su enemigo de mantener la ofensiva, la que no fue desaprovechada.
La decisión, por supuesto, excedía cualquier parámetro doctrinario. Sin embargo, la dupla Fortini-Cornejo Solá no era una convencional. La confianza entre ambos se había cimentado en un curioso incidente ocurrido el año anterior, cuando aún existía un alto grado de tensión con el vecino país de Chile.
En ese año, el Teniente de Navío Fortini, como oficial de inteligencia de la Escuadrilla Aeronaval Antisubmarina, tenía como principal problema el grabar la firma acústica de los submarinos chilenos. Tomando conocimiento que uno de ellos operaría en las aguas del canal de Beagle, la escuadrilla diseñó un particular invento, que se dio por llamar el mini-SOSUS (SOSUS es un sistema de vigilancia subácua muy avanzado basado en sonares en el lecho marino, operado por la Armada de los Estados Unidos en el Atlántico norte) El mini-SOSUS local consistía, más humildemente, en una sonoboya a la que se había adosado una batería de un automóvil Fiat 600, y se sembraba atándose su línea de hidrófonos a los cachiyuyos. Con ello, se multiplicaban las horas de uso, permitiendo una operación encubierta para poder grabar los ruidos del submarino antagonista. Una fiel expresión del ingenio criollo al servicio de la guerra antisubmarina.
¡Armado hasta los dientes!
La particular invención se dejó en un lugar estratégico y se hizo aterrizar, en horas de la noche, a un avión Tracker en el aeropuerto de la Base Aeronaval Ushuaia, el que prontamente se escondió en el hangar. En el techo del hangar se había improvisado una antena, que permitía monitorear la boya desde mayor distancia, mientras un grupo electrógeno alimentaba el AN/AQA-4A del Tracker. El invento finalmente dio sus frutos y la firma acústica fue tomada.
Sin embargo, pocos días después, un comando chileno desembarcó de un gomón en la playa argentina donde había quedado la boya, hurtándola. El Teniente Fortini estaba furioso. ¿Cómo podía ser que les robaran al “mini”, bajo sus propias narices?
La devolución de la gentileza vendría el “Día de las Glorias Navales” de Chile, el 21 de mayo. Un vuelo de rutina de Tracker tenía como comandante y copiloto a la dupla. El plan era simple, la venganza era perfecta. El comandante rápidamente convenció al copiloto y poco después, el bimotor, con su orgullosa bandera celeste y blanca en el empenaje, saltaba desde el sur los “colmillos de Navarino” y, deslizándose por la ladera norte, pasaba a escasos diez metros de la formación que se estaba llevando a cabo en la Plaza de Armas de la Base Naval de Puerto Williams y hacía un escape perfecto a baja altura sobre la pista Guardiamarina Zañartu. El “saludo”, por supuesto, no pasó desapercibido por los vecinos. La retribución de gentilezas incluyó unos disparos mal apuntados de cañón Bofors antiaéreo y una esquela un poco más formal:
“1981 fue un año inolvidable que hasta incluyó una visita anunciada al Comandante de Operaciones Navales, quien me pidió mi versión de porqué se había enojado al Sr. Canciller de la República de Chile, que de su puño y letra había enviado una protesta diplomática a nuestra Cancillería, por haber un Tracker saludado a una formación naval en la plaza de armas de la Base Naval Puerto Williams sin permiso previo y en el momento en que se celebraban las “Glorias Navales Chilenas”, apreciando dicho señor que el sobrevuelo se había realizado a excesiva baja altura” (De Enrique Fortini)
Después de tantas cosas pasadas juntos ¿Cómo no empujar un poco el reglamento y largar la carga de profundidad? Quizá con la vieja anécdota en mente, el comandante del 2-AS-26 enganchaba plácidamente en el “25 de Mayo”, para terminar el último vuelo del día.

“Enganche” visto desde la Torre de Control del Portaaviones
De acuerdo a sus posiciones, ahora reveladas, no había submarino británico allí abajo. Es que el “Spartan” se encontraba un poco más al norte, mientras que su gemelo, el “Splendid”, seguía navegando con rumbo Este, encontrándose en dicho momento casi en el meridiano de Puerto Argentino. El comandante Lane-Nott no quería encender sus motores diésel (y exponer por tanto su snorkel) y menos navegar en superficie si se encontraba aún minimamente en el área de actividad argentina. Recién osaría hacerlo un par de días después, exagerando un poco a mitad de camino entre África y América (en posición 48º 00`S y 44º 09`O). O fue muy previsor, o había adquirido una reverencial prudencia frente a las capacidades antisubmarinas de la Armada Argentina.
La “huida” del HMS “Splendid”
Es claro que la explosión de la bomba de profundidad no pudo ser detectada por el “Splendid”. Pero la carga fue seguramente escuchada en el “Spartan”, y sus marinos, una vez más, agacharon instintivamente la cabeza. Cortesía de la Aviación Naval, Armada Argentina.
Agradecemos al Autor el Libro el Sr. Mariano Sciaroni por facilitarnos este extracto de su flamante libro MALVINAS: Tras los submarinos ingleses.
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domingo, 10 de octubre de 2010
Malvinas: Tras los submarinos ingleses

La historia secreta de la defensa del portaaviones argentino contra los submarinos nucleares. El libro estará en venta próximamente y elSnorkel.com accedió a la presentación que autor Mariano Sciaroni hace del tema en su obra.
A modo de presentación.
La primera vez que escuché acerca de la actuación de la Flota de Mar en Malvinas, fue a fines del siglo pasado. Estaba terminando mi carrera universitaria y algunos amigos del centro de estudiantes habían organizado un seminario del tema Malvinas, al que invitaron al Almirante Enrique E. Molina Pico por entonces Jefe del Estado Mayor General de la Armada. Me sorprendió allí escuchar sus relatos acerca de la cantidad de millas navegadas durante la guerra – especialmente las realizadas en defensa del portaaviones. Como muchas personas ajenas a la institución, tenía el errado entendimiento que, inmediatamente después del hundimiento del Belgrano, los restantes buques de la armada habían buscado presurosamente puerto.
Mi segunda sorpresa vino un par de años después, cuando leí en Internet algunas consideraciones acerca de algunas operaciones antisubmarinas sucedidas el 5 de mayo. Es decir, la Flota de Mar no solo no había entrado inmediatamente a puerto, sino que hasta había atacado contactos submarinos. ¡Sencillamente sorprendente!
Lamentablemente, del tema no escuché ni leí más por varios años – parecía que los protagonistas consideraban que nada de ello valía la pena ser contado-, hasta que me topé con un artículo en el Boletín del Centro Naval, escrito por el Capitán de Fragata (R) Enrique Fortini (o “Quique”), en el que se relataban olvidadas acciones aeronavales desde el “25 de Mayo”.
La guerra contra los submarinos es, ciertamente, menos espectacular que la de las explosiones, las bombas cayendo y los misiles lanzados desde veloces jets de combate. Es un ejercicio de paciencia, desde lentos aviones a hélice, o en las entrañas de los buques o helicópteros, analizando una consola, tratando de descifrar si ese “ruido” es de un submarino o de una ballena franca austral en celo. Tan fascinante como suena.
Pero, será porque siempre preferí “La Caza al Octubre Rojo” a “Top Gun” que, con los detalles que daba el excelente relato, me entusiasmé para aportar mi granito de arena a la historia, que consistió en un pequeño ensayo, publicado en Internet y en una revista de Defensa, en el que terminaba concluyendo que parecía probable que un determinado submarino británico habría sido atacado por la Aviación Naval.
Unos meses después de publicado dicho ensayo en Internet, recibí unos emails de dos oficiales de la Armada, “Quique” Fortini entre ellos, comenzando un amigable intercambio digital de impresiones acerca de las operaciones de 1982. Obviamente, yo tenía mucho para aprender y poco para ofrecer en el tema.
Entre tantas idas y vueltas, Quique me ofreció que escribiéramos algo corto y sencillo sobre Guerra Antisubmarina en Malvinas y, con el correr de los días, comenzamos a hablar de un “artículo meduloso”, luego de un librito y finalmente comenzamos a soñar con un libro que agotara el tema: el libro definitivo sobre guerra antisubmarina embarcada los primeros días de mayo en el Atlántico Sur.
El libro necesariamente estaría centrado en la Escuadrilla Aeronaval Antisubmarina, en tanto eran sus integrantes quienes más contactos y ataques habían protagonizado; el resto de los participantes, desde los Sea King hasta los destructores, habían tenido una actuación menos evidente que los “Búhos”. Obviamente, creíamos que la totalidad de los viejos veteranos se desvivirían por contar sus acciones de guerra (un vuelo antisubmarino es un vuelo de combate), pero salvo un fervoroso núcleo, no conseguimos tantas adhesiones como esperábamos.
También nos engañamos con la Royal Navy. Nuestro convencimiento inicial fue que el antiguo antagonista no accedería jamás a nuestro requerimiento de acceso a los diarios de guerra de los submarinos nucleares, información clasificada si las hay. Realmente, ni esperábamos que se nos conteste, teniendo en cuenta que el único antecedente que conocíamos era el de un parlamentario británico que los había pedido, pero no conseguido.
Pero luego de mucho batallar y de caminar los caminos legales (es decir, no preguntamos, sino que exigimos, basado nuestro pedido en leyes británicas sobre acceso a información pública) obtuvimos los “Report of Proceedings” de los submarinos “Spartan” y “Splendid”. Ese día de enero comenzamos a rearmar la totalidad del relato, ya que pudimos confrontar lo que pasaba arriba del mar con lo que sucedía debajo. Más tarde llegó el del “Conqueror” y pudimos completar el círculo.
Así las cosas, nos enteramos que la misión volada el 4 de mayo por el entonces Teniente de Navío Juan José Membrana, del que – ateniéndonos a los documentos existentes - parecía nada se recordaría desde el punto de vista antisubmarino, había asustado sobremanera a la tripulación del “Splendid”, haciéndolos perder un importante contacto. O que los tripulantes del Fokker de la Fuerza Aérea Argentina no desvariaban cuando anunciaban haber visto un submarino el día 6, en tanto efectivamente habían divisado al “Spartan”. Y otro sinnúmero de cuestiones.
La más interesante, sin embargo, fue la confirmación de que ningún submarino británico había sido atacado el día 5 de mayo por la Aviación Naval, dando por tierra todas y cada una de las teorías escritas hasta la fecha.
Lo que, por supuesto, hace preguntarse ¿de que nacionalidad era? El contacto tenía mástiles de submarino, hacía ruido como submarino y se comportaba como submarino. Es decir, si tiene cuatro patas y ladra, es un perro. Igual en este caso, pero debajo del agua.
Acerca de la veracidad de los documentos recibidos de la Royal Navy hemos también discutido mucho. Es mi opinión que los documentos no fueron falsificados ni material ni ideológicamente (es decir, en su contenido), y para el caso que alguien los hubiera adulterado, fue el mismo autor – más adelante deslizamos esa hipotética posibilidad. Pero de ninguna forma puedo llegar a creer que se nos haya entregado documentos falsos para acreditar o desacreditar alguna cuestión. En primer lugar porque quien entregó los documentos (se identificó con nombre y apellido), de haberlos adulterado, estaría cometiendo un delito por el cual, en el Reino Unido, iría directamente a prisión. Debo recordar que dichos documentos fueron entregados de forma oficial y luego de un formal requerimiento de información.
En segundo lugar, porque lo que la Royal Navy no quiso que se sepa, y tendrán seguramente sus motivos, fue prolijamente tachado en los documentos, tal como prevén las excepciones de la “Ley de Libertad de Información” / “Freedom of Information Act”.
Vale aclarar que otros documentos no nos fueron entregados, pero justificándose siempre el motivo y razón de la negativa. En suma, el sistema burocrático británico cumple lo que sus leyes les mandan – y en los tiempos que estas le exige. En dicha inteligencia, debo entender que los informes son veraces. No podría creer que tantas personas hayan arriesgado sus carreras (y hasta su libertad ambulatoria) para engañar a humildes habitantes argentinos.
También encontramos otros interesantes artículos, entrevistas conferencias y libros, poco y nada conocidos, que llevaron a revelaciones sorprendentes, tal como que hubo un submarino británico merodeando en las cercanías de Buenos Aires en abril de 1982.
No tuvimos tanta suerte con los submarinistas del Reino Unido, solamente algunos miembros del servicio silencioso decidieron hablar, pero protegidos por el anonimato. Uno de ellos fue quien reveló las acciones del HMS “Otus” en el conflicto y otro aportó interesantes detalles sobre la guerra del HMS “Conqueror”. Más allá de lo que surge del texto, ninguno indicó que la guerra fue un paseo, haciendo saltar por los aires otro mito de la guerra naval en Malvinas.
Con la información obtenida, creemos haber llegado al borde actual del conocimiento “público” sobre las acciones contra los submarinos enemigos en 1982. Hemos empujado los límites de la información disponible lo más que pudimos.
Existe, por supuesto, más documentación, especialmente del lado británico, pero la misma es todavía “secreto militar”, “asunto de seguridad nacional” o, si fuera revelada, y como una fuente oficial de la Royal Navy nos informara, “podrían existir enormes consecuencias, impactando dicha información negativamente o perjudicando las relaciones internacionales y los intereses del Reino Unido”. En tanto ello, este relato será necesariamente incompleto. En algún momento verá la luz esa información, que parece no puede ser dada a publicidad sin provocar un terremoto en Londres, y entonces lo podremos finalizar como la historia lo merece. Esperemos que este libro sea el principio – y no el fin – de un debate sobre lo que pasó bajo las aguas del Atlántico Sur. A tal fin, y con la esperanza que alguien allende el océano tome el guante, es agresivo y polémico en algunas partes.
Finalmente, y adelantando de alguna manera nuestras conclusiones, vale decir que terminó siendo nuestro convencimiento que la Armada Argentina hizo mucho en la guerra antisubmarina, partiendo de improvisaciones y negligencias arrastradas desde hacía años.
Que los submarinos británicos no pudieron hundir al portaaviones sencillamente porque no pudieron y que, quizá con otra mentalidad en los oficiales de mayor jerarquía, se podrían haber “domado” las bestias submarinas.
Debo aclarar que fui yo únicamente quien apretó (con mayor o menor destreza) las teclas que permitieron que las letras y números aparecieran en este relato. El verdadero motor de todo esto es el Capitán de Fragata V.G.M. (R) Enrique Fortini: él fue quien dio el puntapié inicial, quien organizó las entrevistas, prestó su colaboración en todos los frentes, incentivó y empujó, corrigió los diversos borradores y hasta quien invitaba el café en nuestras tertulias. Con la salvedad que el único responsable, desde lo literario hasta lo histórico, por lo que aquí se encuentra escrito, soy yo, y los errores en el presente serán, entonces, enteramente míos. Los aciertos que contenga, mayormente de Enrique.
No quiero terminar esta introducción sin antes realizar los pertinentes agradecimientos. En primer lugar, a todos aquellos a quienes he molestado (y se han dejado amablemente molestar) durante la redacción del presente, es decir, a todos los entrevistados cuyos nombres figuran al final, que me han brindado horas de su tiempo para revivir estos olvidados hechos, así como a los que han participado pero no han querido – por diversos motivos- revelar sus nombres.
He recurrido también a muchas otras personas para obtener información utilizada en el presente: así las cosas, debo agradecer al personal del Archivo General de la Armada, a la Dirección de Estudios Históricos de la Fuerza Aérea Argentina y su director, el Comodoro (R) Oscar Aranda Durañona por su asistencia respecto la actividad antisubmarina de la fuerza, al Dr. Pablo Castro por “We Come Unseen” y por los múltiples consejos vía e-mail, a Alberto Poskin, por sus sabios comentarios, al Instituto Aeronaval y a sus directivos, a Mike Demetriou de la Royal Navy (Oficina FOIA) y a George Malcomson, Jefe de Archivo del Royal Navy Submarine Museum, quienes han sido mis contactos con la fuerza de submarinos británica y cuyo profesionalismo y eficiencia asombró a este habitante del tercer mundo; al personal que he molestado en la CIA, US Navy (Office of the Chief of Naval Operations y Commander Submarine Force), United States Air Force, Department of Defense y National Reconnaisance Office con mis múltiples requerimientos de desclasificación de material y a muchísimas otras personas que han dado o expresado su apoyo y colaboración.
Sin embargo, mi más grande agradecimiento es para Natasha, quien me alentó durante todo el tiempo que llevó escribir este libro. A ella, y a Lola, que nació un poco más tarde que este relato, está dedicado.
Mariano Sciaroni.
sábado, 19 de junio de 2010
Homenaje a Submarinista Heroe del A.R.A “GENERAL BELGRANO”
El día 11 junio en la Localidad de Bowen, Partido de General Alvear, provincia de Mendoza, la Asociación de Veteranos de Guerra organizó un homenaje al Suboficial Primero (post mortem) Maquinista Submarinista Dante José FAUR, fallecido en el hundimiento del Crucero A.R.A GENERAL BELGRANO, quien fuera oriundo de ese lugar.
Participaron de este acontecimiento Suboficiales Submarinistas hoy retirados, compañeros del Suboficial FAUR, como así también el Suboficial del Comando de la Fuerza de Submarinos, Suboficial Mayor (VGM) Sergio Campagnoli en representación de la Fuerza de Submarinos. Una de las presencias más esperadas en el acto fue la de la Esposa del Suboficial FAUR, quien viajó especialmente desde Entre Ríos.
Participaron del acto altas autoridades municipales, representantes de las fuerzas vivas y las escuelas de la zona a través de sus abanderados, colocándose placas alusivas en la Plaza Central de la ciudad.
La comisión de Suboficiales hizo entrega de cuadros con fotografías del Suboficial FAUR y del Crucero A.R.A “GENERAL BELGRANO”, a la Escuela Pública donde el héroe recordado cursó sus estudios primarios y al Municipio de la Localidad de Bowen.
Suboficial Primero (Post-Mortem)
Maquinista Submarinista
JOSE DANTE FAUR
Nació el 2 de febrero de 1956 en BOWEN, Pcia. de Mendoza. Al terminar sus estudios primarios la familia se radicó en San Justo, Pcia. de Buenos Aires.
En enero de 1970, impulsado por un espíritu de aventura, con tan solo 13 años ingresó a la Armada Argentina egresando de la Escuela de Mecánica de la Armada como Cabo 1º a fines de 1972. Con la bolsa de equipo en mano y la convicción de prestar servicios a su patria, fue destinado al corazón de la Armada, la Base Naval de Puerto Belgrano, donde formó parte de la tripulación del Destructor A.R.A “BOUCHARD”.
Siempre motivado con su deseo de superación profesional, en diciembre de 1973 fue trasladado a la Base Naval Mar del Plata y seleccionado para realizar el Curso de Capacitación en Submarinos.
A fines de 1974 embarcó en el flamante Submarino A.R.A “SAN LUIS”, y en 1978 fue designado para realizar una intensa capacitación profesional en Alemania.
Como parte de su formación en la carrera de Suboficiales, en 1979 fue trasladado nuevamente a Puerto Belgrano para realizar el Curso Aplicativo de Cabo Principal, obteniendo en el mismo el mejor promedio de su promoción.
De regreso a Mar del Plata, en 1980 y 1981 integró la dotación del Submarino A.R.A. “SANTIAGO DEL ESTERO”.
En marzo de 1981 formaría su familia con la señora Nélida Figueroa. Dada su destacada carrera profesional y amplia experiencia técnica, en 1982 conformó el cuerpo de instructores militares de la Escuela de Submarinos. Ese mismo año, el día 4 de marzo, nació su hija Vanina.
En 1982, se ordenó el que sería su último traslado, esta vez a una de las naves de combate mas importantes de la flota argentina, el Crucero A.R.A “GENERAL BELGRANO”.
Discurso del Suboficial de la Fuerza de Submarinos SMSM VGM Sergio Campagnoli
Suboficiales Submarinistas entregan el cuadro del SPMQ SM Dante José FAUR a la Escuela.
La Sra Faur recibe el saludo de los camaradas y autoridades.
Homenaje a un ex combatiente en General Alvear
Submarinistas viajaron al sur para recordar a José Dante Faur, ex camarada oriundo de Bowen. Emoción de su esposa e hija.
viernes, 11 de junio de 2010
Un grupo de suboficiales submarinistas de la base naval de Mar del Plata viajó hasta General Alvear para participar de un acto en homenaje al camarada caído en el crucero General Belgrano, José Dante Faur, oriundo de Bowen, en 1982 durante la gesta de Malvinas.
La iniciativa fue del veterano nativo de Entre Ríos y radicado en Alvear desde la finalización de la guerra, Ricardo Chiapa, que los convocó un año atrás. El acto se realizó ayer, en la plaza San Martín de Bowen y se vivieron momentos de profunda emoción, sobre todo en el reencuentro del equipo de suboficiales con la viuda de su amigo, Nélida Figueroa de Faur, radicada en Concepción del Uruguay desde hace años, y juntos descubrieron una placa en memoria del que sigue "de patrulla eterna".
A Nélida le cuesta hablar de Dante por la obligación de hacerlo en tiempo pasado. "Dicen que fue un héroe y no, es un héroe y lo va a ser siempre, por eso sigue en Malvinas". Hoy Vanina, su hija que tenía dos meses cuando partió, tiene un hijo de la misma edad. "Él va a saber quién fue su abuelo", dijo profundamente emocionada.
Sus compañeros de camada, Juan Carlos Vesprini (55), Luis Alberto Pedreira (57), Juan Carlos Sampaoli (56), Héctor Dasso (58) y Sergio Campagnoli, que sigue en la fuerza, entregaron además una imagen de José Dante Faur, ascendido a suboficial primero post mortem, y una bandera para que permanezca en la delegación municipal de su tierra natal, la que dejó a la edad de 13 años para ingresar en la carrera naval.
"El Turco (el apodo de Faur) hoy tendría que estar con nosotros, pero estoy seguro que sabiendo lo que le iba a pasar, si hoy lo volvieran a convocar iría sin dudarlo" aseguró Pedreira.
"Era el benjamín del grupo, entró a la Marina con 13 y todos ya teníamos 14 ó 15 años, después convivimos tanto tiempo que nos terminamos conociendo más que nuestros propios hermanos, pasamos a veces hasta 40 días en el submarino y fueron muchos años", recordó Sampaoli, que fue el último de todos en compartir un momento íntimo antes de la partida.
"¿Miedo? Si tenés miedo te bajás antes de zarpar", aseguró Campagnoli. "Nos entrenaron muchos años para ir al combate", agregó. "Nunca nos imaginamos que podía no volver, para nosotros era una situación casi normal el tener que ir a combatir" contó Sampaoli sobre la partida de Faur, con quien las últimas palabras fueron "cuidate del frío".
Faur fue convocado circunstancialmente para abordar el crucero Belgrano, ya que era submarinista y además instructor maquinista. "Hacia falta mucho personal y por eso lo convocaron, pero él tendría que haber estado en un submarino, donde hizo toda su carrera", sumó Vesprini.
La naturalidad con la que tomaban por esos días participar de un enfrentamiento bélico en aquella parte del continente se entiende al conocer que parte del grupo, a bordo del submarino ARA San Luis, ya había recorrido toda la zona en una misión de exploración en 1977, 5 años antes de que estallara el conflicto con Gran Bretaña.
"Habíamos reconocido todos los posibles puntos de desembarco en las islas sin saber para qué era, para nosotros era un ejercicio de rutina", comentó Dasso, uno de los más emocionados al contar cuando conocieron a Vanina Faur, hoy de 28 años, a quien describió como "la viva imagen del Turco", a quien conoció poco tiempo atrás cuando viajaron a Entre Ríos a saludar a su madre.
"Fue un golpe muy fuerte, nunca creí que fuera a ser tan parecida al papá. Después de 28 años fue como volver a verlo", aseguró.
Cada vez que se nombra la palabra Malvinas todos hinchan el pecho con una mezcla evidente de orgullo y bronca. "Está todo muy fresco todavía", lo resume Dasso. El reconocimiento del Estado tampoco fue el mejor. "Recién ahora los están empezando a recordar a él y a todos los chicos que quedaron allá cuidando las islas y eso es lo único que no tiene que morir, el recuerdo de los chicos", expresó Nélida de Faur. Corresponsalía Sur
http://www.losandes.com.ar/notas/2010/6/11/sociedad-495431.asp
martes, 4 de mayo de 2010
Enemigos cerca de casa: submarinos británicos en Malvinas – post 1982
La aparición del HMS “Sceptre” en la base naval de Simonstown, Sudáfrica, el día 6 de abril de 2010, confirmó los rumores ventilados en el tabloide británico “The Sun”, acerca que dicho submarino nuclear había sido despachado al Atlántico Sur para proteger los intereses de la reina en la zona. HMS “Sceptre” en Simonstown, principios de abril de 2010. Nótese el pésimo estado del recubrimiento anecoico de la vela – similar estado al de su gemelo HMS “Spartan” en su visita a Río de Janeiro en 2005 (Foto1: The People’s Navy – South Africa)
Recuérdese que, durante el mes de febrero y marzo, existieron algunos cruces diplomáticos y mucha propaganda, en tanto empresas autorizadas por el Reino Unido comenzaron a realizar trabajos de prospección petrolera en aguas circundantes a Malvinas.
Lo que obvió decir “The Sun”, es que el HMS “Sceptre” no fue el primer submarino que “visitó” nuestras aguas luego del conflicto de 1982. Y seguramente, tampoco será el último.
La “Atlantic Patrol Task (South)”
La británica “Patrulla Atlántica (Sur)” es la encargada de proveer presencia marítima en la zona que comprende las Malvinas, las Georgias y las Sándwich del Sur, y se compone desde hace varios años de un destructor o fragata, un buque logístico de la Real Flota Auxiliar (RFA) y de un patrullero de altura.
Los dos primeros son despachados desde el Reino Unido y se encuentran la mayor parte del año en el área. Durante el tiempo que no se encuentran allí, el protocolo igualmente impone que siempre debe haber un buque de guerra a catorce días de navegación, o menos, de las Islas Malvinas. El patrullero es generalmente un buque pequeño (hoy el HMS “Clyde”, antes uno de la clase “Castle”) que posee su base directamente en Malvinas.

HMS “Clyde”, basado en las Islas Malvinas. (Foto2: Royal Navy)
A dichos medios hay que sumar la presencia no tan vistosa de un submarino de ataque, el que es enviado a intervalos regulares. Los movimientos de estos, como siempre, no se publicitan, aunque, cada tanto y deliberadamente se desliza en la prensa su presencia. Obviamente, esto hace a la definición misma de la disuasión, que implica que el potencial enemigo tenga algún conocimiento de los medios y capacidades que podría enfrentar en caso de hostilidades.
Retazos de historia.
El conflicto Malvinas tuvo un final ciertamente atípico. Si bien el Gral. Menéndez rindió las fuerzas bajo su comando inmediato (y en algunos casos, algunas más) lo cierto es que dicho acto no comprendió a las fuerzas del ejército, armada y fuerza aérea en el continente, las que, técnicamente nunca se rindieron y, fácticamente se encontraban en capacidad de reanudar sus ataques.
Dicha circunstancia llevó a que fuera de relevancia la presencia naval británica en el área Malvinas durante la inmediata posguerra, incluyendo a varios submarinos convencionales y nucleares, entre ellos el nuclear HMS “Warspite”, que llevó a cabo una extensa patrulla de semi-guerra frente al litoral nacional, así como al convencional HMS “Orpheus”, al comando de Mark Stanhope, hoy Primer Lord del Mar.
Podría decirse que el estado de paranoia británico explotó en los primeros días de mayo de 1983, cuando fueron enviados medios submarinos adicionales a los fines de contrarrestar un “raid” argentino que se esperaba para el día 25 de ese mes. Por supuesto, dicho ataque jamás se materializó – si es que alguna vez existió más allá de alguna mente trasnochada en Londres.
Es interesante hacer notar que el arma submarina británica se mostró especialmente “ofensiva”, aunque sustancialmente discreta, durante sus despliegues al Atlántico Sur en la década del `80.
Aprovechando las excelentes capacidades de los submarinos convencionales clase Porpoise / Oberon, se llevaron a cabo, a lo largo de esos años, una serie de operaciones de recolección de inteligencia, las que siguen estando mayormente clasificadas.
Así las cosas, recuerda un submarinista:
“La principal tarea del “Opportune” en el despliegue a Malvinas fue la desarrollar tareas de inteligencia, así como proveer alerta temprana para proteger a las islas de nuevas acciones hostiles. Hicimos largas patrullas a lo largo de la costa argentina, observé varios edificios de departamento por el periscopio, pero no parecían muy amenazadores” (Andy Sudgen, submarino clase “Oberon” HMS “Opportune” – mediados de los ´80)
Para tales avistamientos el submarino debió penetrar obligadamente en aguas territoriales argentinas.
Estas tareas de recolección de inteligencia involucraron también operaciones de desembarco de SAS / SBS en la Patagonia, tal como parece sucediera en el año 1987 a través del submarino HMS “Sealion”, que ingresó a Gosport con un “Jolly Roger” (la bandera de las tibias y la calavera) y dos dagas.
La daga en la bandera “pirata” representa, tradicionalmente y vale decirlo, que se ha realizado una operación de comandos frente a la presencia del enemigo. No cabe agregar mucho más… 
El HMS “Sealion” arribando a Gosport, luego de su patrulla en Malvinas en el año 1987. Nótese el “Jolly Roger” con dos dagas –operaciones de comandos - y la bandera chilena, que indica que tocó un puerto de dicha nacionalidad en el camino de regreso. El “Sealion” fue dado de baja ese mismo año (Foto3: Chris Parfitt)
Un esbozo de patrulla.
Durante toda la década que comenzó en 1980, la Royal Navy tuvo en su flota tanto a submarinos convencionales como nucleares. 
Un submarino clase “Oberon” en Mare Harbour, a mediados de la década del ´80 (Foto4: Royal Navy)
Los primeros, limitados en su autonomía, atracaban en Mare Harbour (Puerto Yegua), en las mismas Islas Malvinas, y su despliegue poseía una duración total aproximada de tres meses.
Los de propulsión nuclear, sin embargo, raramente emergían (y tampoco lo hacen ahora) en toda su patrulla de hasta cinco meses, aunque si realizaban y realizan visitas de cortesía a países “amigos”.
Así, más allá de lo que sucediera con el HMS “Sceptre” (que, por otra parte, ya había estado en Simonstown en 2007), y como otros ejemplos, el HMS “Spartan” estuvo en Río de Janeiro en el año 2005 y el HMS “Trafalgar” en el 2006, todos en viaje de o hacia el área de patrulla Malvinas. 
El 28 de Julio de 2006 el gobernador británico de las Malvinas abandonó el HMS “Trafalgar” con la ayuda de un Sea King de la Royal Air Force que lo llevaría de nuevo a las islas. Este submarino, primero de la clase que lleva su nombre, había patrullado ya esas aguas en el otoño de 1999 (Foto 5: Royal Navy)
Vale decir que desde la baja de los últimos “Oberon”, a principios de los años 90, la totalidad de las operaciones son realizadas por submarinos nucleares, indicándose que los “Upholder” (lo últimos diesel / eléctricos de la Royal Navy) jamás llegaron a estas aguas.
Bastantes submarinos británicos realizaron su última patrulla importante, y antes de su baja, en las aguas del Atlántico Sur. Pareciera que será el caso del “Sceptre” (programada su descomisión a fines del 2010), así como lo fue para el “Spartan” (que se encontraba en pésimo estado al arribar a Río de Janeiro) y el “Sealion”.
La Armada Argentina, siempre que tiene la oportunidad, aprovecha para conseguir información de “primera mano” sobre los submarinos enemigos.
Como ejemplo, a fines del año 1990, habiéndose tomado conocimiento que el HMS “Onyx” ingresaría en superficie a aguas territoriales argentinas en su paso hacia Punta Arenas, se programó y llevó a cabo su intercepción por parte de aviones Tracker de la Escuadrilla Aeronaval Antisubmarina, obteniéndose importantes datos de inteligencia y registrándose su firma acústica.
Desafíos para el futuro.
Resulta por lo menos inquietante que submarinos de una potencia extranjera se hayan paseado y se paseen por nuestro mar, y muchas veces ingresen a nuestras aguas. Sería deseable que las autoridades potencien las capacidades de nuestra Armada Argentina, a los fines de disuadir (o por lo menos hacer menos agradable) las visitas de quienes no son llamados y menos queridos.
Además de ello, resulta indignante que los gobiernos brasileño y chileno cobijen abiertamente en sus puertos a quienes nos espían, vigilan y amenazan. Argentina debería formular las protestas correspondientes, para que en el futuro no se facilite la tarea a los submarinos británicos. 
HMS “Trafalgar” y el buque logístico RFA “Diligence” en Río de Janeiro, año 2006. (Foto 6: Tim Gibson)
El tener intrusos a propulsión nuclear a pocos kilómetros de nuestra costa continental, armados con misiles crucero del tipo Tomahawk (que tienen alcance para batir blancos en casi la totalidad del territorio nacional), y que en el pasado (y porque no ahora) han servido de plataforma para actividades en nuestro suelo, es un asunto serio. Y requiere una respuesta seria, y por los canales adecuados, de nuestra dirigencia. Esperemos que ello pronto suceda, para que los únicos submarinos que naveguen por estas aguas sean los propios.
sábado, 1 de mayo de 2010
28 Aniversario Lanzamiento en Combate Submarino ARA San Luis
Por fin el 28 de abril a las 08:00 de la mañana el S-32 ingresó furtivamente en su área de patrulla, nombre en código “María”, al norte de la Isla Soledad muy próxima a la costa. Al día siguiente, como consecuencia directa del sorpresivo ataque Británico a GRYTVIKEN, en las GEORGIAS del SUR, se le levantaron las restricciones en el uso de las armas.
Si el comandate AZCUETA tenía alguna duda acerca de la existencia o no de actividad enemiga en el área la misma se disipó hacia las 09:40 del 1 de Mayo cuando sus sonaristas detectaron un rumor hidrofónico que enseguida clasificaron como perteneciente a un “destructor del tipo 21 o 22” en base al batido de sus hélices y a la emisión de su sonar del tipo 184. El blanco navegaba operando con helicópteros a una velocidad de 18 nudos. AZCUETA ordenó entonces cubrir los puestos de combate y aumentar la velocidad al máximo para acortar la distancia al blanco: 13.000 yardas...12.000...11.000...10.000, se expuso el periscopio unos breves segundos pero una espesa niebla impidió ver nada. Cuando el blanco estuvo a una distancia inferior a las 9.500 yardas AZCUETA ordenó lanzar su primer torpedo SST-4, el primero que lanzaba la Armada Argentina en tiempo de guerra...(Continúa...)
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domingo, 18 de abril de 2010
Tres víctimas del “Conqueror”

El 9 de noviembre de 1971 el submarino HMS “Conqueror” fue considerado plenamente operativo por la Royal Navy. Este “hunter-killer” nuclear, de la clase Churchill y de 4900 toneladas de desplazamiento, sirvió hasta el 2 de agosto del año 1990, cuando fue prematuramente pasado a reserva.
Foto: “Conqueror” en el Gareloch, a principios de los años ´80. de Alistair Lloyd
La armada británica se vanagloria de que fue el primer submarino nuclear en lograr el hundimiento de una unidad enemiga. Sin embargo, fueron realmente tres las víctimas del “Conqueror”, tres buques que este submarino mandó al fondo y dejó allí.
Una historia interesante de contar.
Mayo 2, 1982. 86 millas náuticas al este-sureste de la Isla de los Estados, República Argentina.
Navegando a 4 nudos por hora, el “Conqueror” exponía su periscopio cada tres minutos. Dentro del submarino, se vivía el clima de tensión que solamente la guerra ocasiona. Había aumentado gradualmente desde el inicio del conflicto por las Malvinas y alcanzado un pico en los momentos que se intentaba dar caza al submarino “Santa Fe” en aguas de las Georgias. Sin embargo, nada podía compararse a lo que ese día se experimentaba.
Es que su comandante, Chris Wreford-Brown estaba ultimando los detalles para lanzar sus torpedos contra el Crucero ARA “General Belgrano”, uno de los buques capitales de la Armada Argentina, el cual se encontraba en ese momento escoltado por un par de destructores. Ya había recibido la orden de su Cuartel General en Northwood: ¡Hunda al Belgrano!
Armada la solución de tiro y a las 16:01 horas, procedió a disparar, a una distancia de 1400 yardas, tres torpedos Mk. 8 de corrida recta. Dos hicieron impacto en el “General Belgrano”, mientras que el tercero habría tocado (por suerte, sin detonar) en una de las bandas del “Bouchard”, uno de sus escoltas.
Ello hirió mortalmente al viejo crucero, que una hora y un minuto después se hundió. Trescientos veintitrés tripulantes fallecieron como consecuencia del ataque.
Al final del conflicto, el HMS “Conqueror” ingresó a su base de Faslane enarbolando la bandera con las tibias y calavera, el “Jolly Roger”, como orgullo de su hundimiento.
Mayo 6, 1986. 7,5 millas náuticas al este de Palm Beach, Estados Unidos de América.
Ciertamente, una hermosa mañana para navegar, pensó James Burnell-Nagent, comandante del submarino mientras observaba por el periscopio la infinidad de veleros que salpicaban las aguas adyacentes a uno de los complejos turísticos más populares de los Estados Unidos de América.
El “Conqueror” estaba sumergido, navegando a escasa velocidad, con la totalidad de los apéndices desplegados, haciendo especialmente uso del radar de navegación. Había tantas veces evitado colisiones con submarinos soviéticos, que sería realmente una ironía llevarse por delante una pequeña embarcación de placer. En poco tiempo arribarían a puerto y, un día más tarde, comenzarían maniobras con la U.S. Navy.
Pero, de repente, la calma se extinguió. Un llamado urgente de la radio, un pequeño yate, a cinco millas de donde se encontraban. Se hunden. Burnell-Nagent ordenó aumentar la velocidad y dirigirse hacia la posición informada.
Cuando el “Conqueror” arribó, solo se veía la proa del “Celebration II”, un trimarán de 63 pies. Por suerte, sus dos tripulantes y cinco pasajeros (incluyendo entre ellos al terrier “Sparky”) se encontraban en botes salvavidas. Y la Guardia Costera ya había anunciado que un helicóptero y una embarcación estaban en camino.

“Sparky” y una de las tripulantes del “Celebration II”. Foto AP
Burnell-Nagent, pleno de humor británico, aprovechó para dar un toque de “James Bond” al evento y ordenó que el submarino emergiera a pocos metros de los náufragos, apareciendo luego en la vela para preguntar si todos se encontraban bien. Y por supuesto que lo estaban.
Pero había algo más que hacer. El “Celebration II” era una pérdida total, pero constituía un peligro para la navegación. Todos estuvieron de acuerdo, entonces, en hacer que descansara su sueño eterno en el fondo del mar. Aparecieron fusiles desde el “Conqueror” y, mientras su dueño miraba, se le disparó insistentemente a la proa que emergía, a los fines de permitir que el aire encapsulado en la misma pudiera escapar.
El truco dio resultado y, un par de minutos más tarde, el trimarán desaparecía para siempre de la superficie. No existen constancias de que el HMS “Conqueror” enarbolara el “Jolly Roger” por este evento.
Julio 2, 1988. 11 millas náuticas al sur del promontorio de Cantyre, Escocia.
Noche de ejercicios para el HMS “Conqueror”, jugando al gato y al ratón con la fragata HMS “Battleaxe” y con otros buques de la flota.
La noche daba cierta protección al submarino, que exponía y hacía descender el periscopio intermitentemente, tratando de hacerse una idea del panorama a sus alrededores. Obviamente, con buques de guerra en las cercanías, había que mantener el silencio electrónico, por lo que el uso del sonar activo y el radar estaba absolutamente prohibido.
A las 1:13 horas sin que nada pudiera preverlo, se sintió un golpe en el periscopio, que retumbó por todo el submarino, ordenándose en forma inmediata una emersión de emergencia. Había sido provocado al impactar este con una de las bandas del yate “Dalriada” de la Asociación de Navegación a Vela del Ejército (del Reino Unido), el que se hundió rápidamente. Sus cuatro tripulantes fueron rescatados, sin heridas, por la “Battleaxe”.
El ejercicio, así y por ese día, llegó a su fin. Tampoco hay constancias que el “Conqueror” ingresara a puerto con la bandera pirata. Catorce días después, exactamente en el mismo lugar, el submarino convencional HMS “Otus”, también con sus apéndices, dañó severamente y casi hunde al yate “Drum”.

El “Jolly Roger” del “Conqueror” al regresar de Malvinas, como se ve hoy en el Royal Navy Submarine Museum. Foto de Ian Haskins.
Como se señaló, fueron tres los buques que el “Conqueror”, voluntaria o involuntariamente hundió. Personalmente, me hubiera gustado que solo fueran dos. La historia, como siempre, está llena de anécdotas y curiosidades.
sábado, 22 de agosto de 2009
Viaje al fondo de los mares del Sur (Malvinas 82´)

A las siete y media de la mañana, Alejandro Maegli estaba a punto de entregar la guardia y meterse en la cama cuando de pronto el sonarista del submarino le dijo una frase que lo dejó helado: "Señor, tengo un rumor hidrofónico".
El teniente de fragata pegó un respingo queriendo creer que el operador se había equivocado.
A veces las ballenas o el krill producen "rumores biológicos" y pueden confundir al más experimentado de los técnicos del sonar. Pero el ruido venía del Noreste y sus características se iban confirmando con el correr de los minutos. Maegli era jefe de comunicaciones y tenía la obligación de despertar al comandante. Lo hizo: "Despiértelos a todos, uno por uno, y colóquelos en sus puestos de combate", le ordenó el capitán.
A Maegli se le puso la piel de gallina. En ese momento sólo podía sospechar lo que iba a ocurrir. Pero no podía saber con certeza que comenzaría la primera batalla submarina del Atlántico Sur, que venían hacia ellos helicópteros ingleses a ras del mar, seguidos de cerca por los buques de la Royal Navy, y que los esperaban veintitrés horas de miedo, suspenso, persecución y explosiones.
Era el 1° de mayo de 1982 y el submarino ARA San Luis tendría su bautismo de fuego en la Guerra de las Malvinas.
Maegli es hoy contralmirante y director del Area Material Naval, y tiene a su cargo la difícil decisión de reparar o sacar de servicio para siempre a esa nave llena de fantasmas que espera en silencio, roja por la pintura antióxido, en una dársena del puerto de Buenos Aires. ¿Cómo resolver con la cabeza un asunto del corazón?
Alejandro encontró su vocación en Mar del Plata a los cuatro años, durante una visita escolar. Un submarino reposaba en silencio, pero traía consigo ecos de aventuras, y Alejandro se metió luego en la Escuela Naval con el único propósito de surcar bajo el agua los mares del mundo. Hizo una experiencia en un buque barreminas. "Para ser oficial barreminas no hay que ser loco, pero te ayuda bastante", dice el refrán. Y después sirvió en un buque de apoyo. Finalmente, ingresó en la Escuela de Submarinos, que es muy exigente, y aprendió de memoria, uno por uno, los múltiples mecanismos internos de esa nave.
La primera vez que entró en el San Luis todo se le venía encima. Parecía realmente un lugar de confinamiento. El submarino es un cilindro que mide 50 metros desde el timón a la proa, 11 metros desde la quilla hasta el tope de la vela y 5 metros con veinte centímetros de lado a lado: ése es el diámetro de un caño donde deben vivir, trabajar, dormir y recrearse treinta y cinco hombres durante semanas y, a veces, meses de misión submarina. Travesía en la que se habla en voz baja, se come poco "porque la navegación te quita el hambre", y donde luego de la vibrante marcha en superficie y las maniobras de inmersión sobreviene una extraña serenidad espacial.
El submarino había sido comprado a Alemania en los años setenta, había llegado desarmado a la Argentina y había sido montado pieza por pieza en Buenos Aires. Pero para la época de Malvinas presentaba algunos problemas: no podía desarrollar velocidades de inmersión superiores a los 14 nudos y uno de los cuatro motores diesel que permiten cargar las baterías a través de un snorkel no funcionaba. Así y todo, Maegli no estaba tan preocupado por estas limitaciones como por su mujer, que estaba a punto de dar a luz. En marzo de 1982, ese padre primerizo, que apenas tenía 27 años, tuvo que zarpar en misión de adiestramiento y subirse por las paredes del submarino esperando la buena nueva. Estaban haciendo ejercicios con tres corbetas cuando llegó la noticia de que había nacido su hija María Inés. Los festejos a bordo fueron discretos, pero afectuosos.
A mediados de mes llegó otra orden: debían suspender los simulacros y retornar a Mar del Plata. Un amigo se lo encontró en tierra. Partía al día siguiente en el submarino Santa Fe. "Flaco -le dijo a Maegli en un susurro-me voy a Malvinas." Alejandro sospechaba que algo grande se avecinaba, pero no tenía tiempo de meditar demasiado: corrió a ver a su mujer y a conocer a su hija, y los acontecimientos del 2 de abril lo sorprendieron como a casi todos nosotros. Sintió entonces una íntima contradicción: alegría patriótica mezclada con angustia y extrañeza. Hacía pocos meses había confraternizado con los oficiales del submarino inglés HMS Endurance, que había hecho escala en Mar del Plata. El Endurance atacaría luego, con torpedos y el apoyo de helicópteros, al submarino Santa Fe.
Recibieron la orden de alistarse contra reloj y hacerse a la mar el 11 de abril. Salieron de noche, con órdenes secretas. Cuando abrieron el sobre descubrieron, tragando saliva y con los ojos bien abiertos, que debían patrullar el "Area Enriqueta", frente a Puerto Deseado. La luna brillaba en la dársena: navegaron hasta la altura de cabo Corrientes y se sumergieron. Maegli preparó las cartas de navegación y leyó la consigna: "Autorizado uso de armas en defensa". No podían atacar a nadie, porque las negociaciones diplomáticas no se habían agotado. Pero ese despacho lo obligó a procesar psicológicamente el hecho de que por primera vez no se trataba de un entrenamiento: era la guerra.
Pasaron varios días haciendo recorridos y subiendo el snorkel media hora para obtener energía y oxígeno: ésos eran los momentos de mayor vulnerabilidad de la nave. Luego todo fue esperar y madurar la idea del combate. Salvo, claro está, cuando sucedió lo imprevisto: una avería en la computadora de control de tiro. Llevaban a bordo 10 torpedos alemanes y 14 estadounidenses. Pero sin esa computadora, la única alternativa era lanzarlos de manera manual. Trataron de repararla, pero no tenían a bordo los elementos con qué hacerlo, y el 27 de abril recibieron otro mensaje: "Destacarse y ocupar «Area María». Todo contacto es enemigo".
Eso significaba que debían desplazarse a una zona cercana a la isla Soledad y que allí no había buques argentinos. Cualquier "rumor hidrofónico" tenía entonces que ser, forzosamente, una nave inglesa, y la orden era dispararle, sin dudar.
El 1° de mayo Maegli juntó a todo su equipo de informaciones de combate. Se sentaron alrededor de una mesa minúscula y él descubrió que le temblaban las piernas y que no podía levantar la cara. Cuando la levantó vio que sus camaradas estaban en idéntica actitud de pánico. Vadeó como pudo ese pantano y comenzó la reunión de análisis. Luego se colocó los auriculares: el blanco venía hacia ellos y el comandante ordenaba preparar tubos de torpedos y movimientos submarinos para encontrar la mejor posición de tiro. En un momento, el sonarista oyó explosiones y hélices de helicópteros. Se aproximaban tres helicópteros antisubmarinos con los sonares desplegados y largando cargas de profundidad a ciegas. A medida que analizaban los sonidos y señales se daban cuenta de que los Sea King avanzaban abriéndoles camino franco y seguro a varios buques británicos de guerra. Cuando estaban a 9000 yardas, Maegli le dijo a su capitán: "Señor, datos de blanco ajustados". El comandante gritó: "¡Fuego!" Y el torpedo salió disparado con trepidaciones y ruidos escalofriantes. Llevaba consigo un cable de guía a través del cual se podía teledirigir su dirección. Pero a los pocos minutos un oficial informó que el cable se había cortado. El torpedo seguía ahora corriendo, aunque de manera autónoma, y estaba programado para ir ascendiendo con el objeto de asegurar el impacto. El problema es que, al hacerlo, se hacía visible. En cinco minutos absolutamente todos los buques ingleses desaparecieron del sonar, y el torpedo se perdió en la nada.
No era difícil para los helicopteristas ingleses ver el trazado del disparo y calcular la posición del San Luis. A Maegli se le secó la boca. Pasarían de cazadores a presas en segundos; los ingleses, a gran velocidad; los argentinos, en cámara lenta.
El capitán ordenó evasión a toda máquina y el sonarista dijo: "Splash de torpedo en el agua". Les habían disparado y ya se sentían los sonidos de alta frecuencia que el proyectil inglés emitía al acercarse. "Máxima profundidad", ordenó el comandante. Y a continuación mandó lanzar falsos blancos. Se usaban señuelos, pastillas gigantes que en contacto con el agua hacían burbujas y confundían con sus ecos apócrifos. Los llamaban "Alka Seltzer". Después de expulsar los dos señuelos, el sonarista informó de algo que galvanizó a todos: "Torpedo cerca de la popa". Maegli pensó: "Cagamos, nos está persiguiendo, nos va a reventar". El sonarista agregó: "Torpedo en la popa".
Diez segundos y un año después, el operador dijo, con su voz metálica: "Torpedo pasó a la otra banda". Una alegría silenciosa, un cierto alivio recorrió el cilindro: el torpedo inglés había pasado de largo y se perdía en el mar. Se habían salvado por un pelo.
En ese instante mismo comenzó el hostigamiento. Los Sea King se acercaron lanzando sus cargas y sacudiendo el océano. Tiraban todavía sin tener la posición exacta del San Luis, que bajaba y bajaba. Pescaban con bombas a unos quinientos metros del mentón del teniente Maegli. El submarino fue reduciendo su velocidad y se asentó con un golpe en el fondo de arena. Cada veinte minutos los helicópteros llegaban y soltaban sus explosivos, reemplazándose los unos a los otros en la tarea durante horas y horas. Las ondas expansivas no llegaban y entonces el máximo problema era el oxígeno. Sin poder sacar el snorkel, el dióxido de carbono subía y el peligro aumentaba. El comandante ordenó que la tripulación abandonara sus puestos de combate y se metiera en la cama: había que gastar lo menos posible. Meterse en la cama y dormir en un submarino que está en el fondo del mar y al que le siguen disparando debe ser una de las experiencias más inquietantes de la vida. A pesar de ella, Maegli pensó: "El problema no es el miedo sino cómo controlarlo", y se quedó dormido.
Veintitrés horas después del primer "rumor hidrofónico", el sonarista anunció que el área estaba despejada. El San Luis emergió a plano de periscopio, sacó el snorkel y la antena, y recibió la triste información de que habían hundido al Santa Fe en las Georgias. El teniente pensó en su amigo y en los oficiales del Endurance, y luego no pensó más que en hacerse fuerte y seguir haciendo su trabajo. "Ya teníamos callosidades en el alma, ya éramos diferentes", dice hoy, al recordar aquel bautismo de fuego.
Cinco días más tarde, en un teatro de operaciones infestado de naves enemigas, los sensores acústicos volvieron a detectar "ruido hidrofónico". "Posible submarino", dictaminó el operador. Y el comandante ordenó de nuevo que todos ocuparan sus puestos de combate y que el San Luis avanzara hacia el blanco, que tenía un extraño comportamiento zigzagueante. "Blanco alfa muy cerca", dijo el operador. Estaba a unos 1500 metros. Dispararon un torpedo antisubmarino de recorrido corto y escucharon una detonación tremenda. Pero nunca pudieron determinar a qué le habían pegado.
En la madrugada del 11 de mayo, Maegli estaba nuevamente de guardia cuando el sonar detectó una fragata misilística que venía del Este, y al rato otra del Norte. Todos estaban en sus puestos. Y allí, provisionalmente en pausa de combate, les sirvieron un memorable arroz con tomate que los submarinistas comieron con los músculos en tensión, como si fuera lo último que probarían antes de morir. Luego comprendieron que los dos buques británicos convergían sobre el estrecho de San Carlos y el capitán ordenó atacar el blanco más cercano a la costa. "¡Fuego!", volvió a gritar, a una distancia de 5200 yardas. Tardó tres minutos en cortar cable. Pero todos los tripulantes acompañaban mentalmente la corrida del torpedo. Hasta que, de repente, Maegli escuchó un clanc. Un alarmante ruido de chapa. El sonarista informó que los blancos huían a toda máquina. El proyectil había pegado en el casco, pero no había explotado. El proyectil, una vez más, no estaba en buenas condiciones. Los dos buques ingleses venían de hundir con artillería al ARA Islas de los Estado, un barco argentino que transportaba municiones y combustible de avión. Habían muerto más de veinte hombres en ese naufragio.
Cuando el capitán comunicó al Comando de Operaciones Navales las fallas del torpedo y les recordó las dificultades en el sistema de tiro, recibió una directiva terminante: volver a casa. Regresaban a Puerto Belgrano de noche y en silencio: no habían logrado hundir ningún buque y aunque habían provocado, tal como confesaron luego los ingleses, una verdadera psicosis en el mar y habían logrado retardar con su amenaza submarina el desembarco en las islas, llevaban un regusto amargo. "La prevención, el desgaste de energía y el temor que genera un submarino es terrible", me explica el contralmirante Maegli; se nota que aquella amargura no se le ha borrado de la boca.
Atracaron en secreto en la base naval y comenzaron a realistar el San Luis, metiéndolo a dique. El teniente llegó estresado, barbudo y con la misma ropa con que había salido de Mar del Plata a su departamento de casado, y durante una semana no respondió preguntas ni salió de la cocina de dos por dos: sólo se sentía seguro en lugares reducidos.
Nunca el San Luis pudo volver al teatro de operaciones. Trajeron a dos expertos para repararlo, pero tardaron cuarenta días y eso dejó al submarino y a su tripulación fuera de la guerra. El 14 de junio los tapó la tristeza. Maegli siguió prestando servicio en el San Luis, y en 1983 lograron que los técnicos alemanes revisaran los mecanismos, explicaran las razones de los desperfectos en sus torpedos y en el sistema de tiro que habían fabricado, y pudieran hacerse las modificaciones necesarias.
Alejandro siguió una larga carrera de perfeccionamiento profesional. Fue comandante del ARA Salta -gemelo del San Luis-, director de la Escuela de Submarinos y agregado de Defensa en Canadá. Un amigo de Ottawa le regaló un libro donde figuraban las grandes batallas submarinas de la historia. Un historiador británico, especializado en el tema, narraba las dramáticas aventuras de un submarino argentino que había escapado de milagro al acecho de la Royal Navy: el San Luis. Maegli no quiso leerlo así como no quiere visitar el submarino rojo que duerme en un astillero de la Costanera Sur a la espera de ser convertido en un museo o regresar al mar. "Es viejo, pero no es anticuado -lo defiende el director de Material Naval de la Armada argentina-. Si me preguntás qué quiero te respondo algo muy simple: sólo un buen final."
Volvió al astillero para hacerse unas fotografías. Pero lo hizo a regañadientes. Las ánimas vestían de rojo. Costó hacerlo subir al puente del San Luis. Maegli finalmente subió y recordó en un pestañeo el momento exacto en el que se abrió la escotilla y salió a la luz después de 37 días sumergidos en el Atlántico Sur sin ver el océano ni el cielo ni el sol. Maegli asomó su cara agotada de 1982 y respiró profundamente. Lo sorprendió en ese momento el olor puro del mar. El imborrable olor de la vida.

El personaje
ALEJANDRO MAEGLI
Testigo fundamental de una batalla submarina
* Quién es: durante la Guerra de las Malvinas fue jefe de comunicaciones del submarino San Luis. Hoy es contralmirante y director ejecutivo de la Dirección General del Material Naval. Tiene tres hijos: Alejandro, María Leonor y María Inés.
* Qué le pasó: el San Luis intentó pelear con torpedos que no funcionaban, y fue perseguido y atacado por la Royal Navy. El San Luis era comandado por un ídolo de Maegli, el capitán Fernando Azcueta.
miércoles, 28 de enero de 2009
La Fuerza de Submarinos de la Armada de Chile en el conflicto de 1978
Estaba autorizado para romper las hostilidades
Al mando del "Simpson", el capitán de navío (r) Rubén Scheihing tuvo en 1978 la misión más difícil de su carrera: impedir por las armas la invasión argentina.
Para ello debió enfrentar múltiples desventajas y el peso de una tarea en la que no tenía margen de error.Hace exactamente 30 años, 81 chilenos aguardaban el inicio de la guerra metidos en un viejo tubo de hierro.
La tripulación del submarino "Simpson" tenía una orden perentoria del almirante José Toribio Merino: impedir por las armas cualquier intento de desembarco argentino en las islas del Beagle.
De máximo riesgo, la misión encerraba además dos problemas que la hacían casi suicida: el "Simpson" era un sumergible veterano de la II Guerra Mundial que difícilmente escaparía del contraataque enemigo; y tendría que enfrentar la hora "H", el inicio del ataque trasandino, en solitario. Este adverso escenario convirtió la extenuante patrulla de guerra del "Simpson" -duró casi 70 días- en uno de los capítulos más desconocidos de la tensión que a fines de 1978 estuvo a punto de enfrentar a Chile y Argentina. Treinta años después, el comandante de esa nave, el capitán de navío (r) Rubén Scheihing, revela los secretos de una misión en la que, reconoce, "envejecí algunos años".
Solo y sin snorkel
A comienzos de 1978, la Armada tenía cuatro submarinos, pero sólo tres disponibles. El "Thomson", gemelo del "Simpson", estaba desguazado, y los recién llegados "Hyatt" y "O'Brien" eran de los más modernos de la región.La Flota de Mar (Flomar) de Argentina también tenía cuatro submarinos, pero todos operativos: dos estadounidenses de la II Guerra Mundial ("Santa Fe" y "Santiago del Estero") y dos 209 alemanes ("San Luis" y "Salta") recién comprados.
A fines de año, la ventaja argentina pasó de leve a mayúscula. El "O'Brien" entró a dique para mantención y al "Hyatt" le falló un motor. Tuvo que regresar a Talcahuano.
La noticia caló hondo en el "Simpson". Durante todo el año, y a medida que las negociaciones diplomáticas con Argentina se empantanaban, la tripulación había entrenado intensamente para repeler una eventual invasión. Ahora tendrían que hacerlo solos.
Y ése no era el único factor en contra. Por su antigüedad, la nave carecía de snorkel, una especie de tubo de escape retráctil que le permite navegar a 20 metros bajo la superficie usando sus motores diésel. Éstos, a su vez, recargan las baterías eléctricas, que son las que pueden llevarlo a silenciosos descensos de hasta 600 pies de profundidad.
Sin snorkel, el "Simpson" estaba obligado a emerger por períodos de hasta ocho horas para recargar baterías, haciéndose detectable para los radares o aviones enemigos.
En la práctica, el buque no podía sumergirse más de 24 horas, y a escasos cinco nudos por hora. Si había que evadir un ataque, las baterías se agotarían antes.
Scheihing recuerda que otra desventaja era el armamento. La "Enmienda Kennedy" había dejado a los submarinos chilenos con antiguos torpedos a vapor MK 14 y MK 27. Los argentinos tenían eléctricos MK 37, de más alcance y confiabilidad. "No había otra cosa. Si había que tirarles piedras, se les tiraban", explica.
Por eso, cuando recibió la orden de Merino, tomó el sistema de comunicación interna, leyó el mensaje a sus hombres y los arengó: "¡Esto significa que estamos viviendo, a partir de este instante, una situación de guerra con Argentina. Como todos sabemos, es posible que nos hundan, pero me comprometo con ustedes a que antes que eso suceda, a lo menos, nos llevaremos a dos de ellos!". Tras un momento de silencio, detalla el comandante, "se escuchó como un rugido en todo el submarino: '¡Viva Chile, m...!'".
Pero si atacaba por error, este oficial dejaría a Chile como país agresor y en una compleja perspectiva de cara a una negociación de paz.
"Fue una situación de guerra (...) Yo estaba autorizado para romper las hostilidades. ¡Imagínese! Era el primer contacto. La responsabilidad era tremenda. Primero, porque rompería las hostilidades, y segundo, porque pondría en jaque la seguridad del submarino, que es lo de menos cuando se trata de hundir al resto", explica.
¿Disparó el "Simpson"?
Ricardo Burzaco, experto argentino en el tema, publicó recientemente una investigación sobre las operaciones submarinas transandinas de 1978 en la revista Defensa y Seguridad.Allí sostiene que el "Simpson" fue descubierto dos veces por sumergibles argentinos. Primero por el "Santiago del Estero", que lo encontró cargando baterías en la superficie, y luego por el "Salta", justo antes de la hora "H", que también lo divisó a nivel del mar. La máxima tensión reinante llevó a que el capitán argentino ordenara preparar torpedos.
Como no estaban en aguas argentinas, agrega Burzaco, el comandante argentino dudó en atacar. En ese momento el oficial sonarista lanzó una alarma de torpedo enemigo, por lo que ordenó una maniobra evasiva. Luego, el rumor de un supuesto proyectil chileno se desvaneció.
Tajante, Scheihing niega esta versión y asegura que el "Simpson" nunca tuvo contacto con adversarios. "No hubo lanzamiento. Nunca disparamos nada. Estábamos listos, pero le garantizo que no (disparamos)", sostiene.
Hacia el final de la patrulla, la tripulación del "Simpson" ya sentía el rigor de la tensión bélica. Los víveres eran escasos, no quedaban alimentos frescos y el aire dentro del submarino era pesado, mezcla de aceite y gases. Sólo podían bañarse -si limpiarse el cuerpo con una esponja mojada puede considerarse un baño- cada tres días. Sólo querían que el conflicto se zanjara de una vez, por las armas o por la paz.
La providencial conjunción de una tormenta con olas de hasta 15 metros, que retrasó la operación "Soberanía", y la mediación del Papa Juan Pablo II, sin embargo, terminarían por impedir el enfrentamiento. El "Simpson" pudo volver a su base.

El temporal que dilató la "Operación Soberanía"
"Nunca había visto un tiempo tan malo, estaba pésimo. Estaba tan malo que no había posibilidad de operaciones aéreas ni anfibias. De no haber mediado las condiciones de tiempo, y si los argentinos hubiesen cumplido el plan 'Soberanía', esto no se habría podido parar", concluye el vicealmirante (r) Hernán Rivera.
El "Prat", primer objetivo argentino
Si el "Simpson" abría fuego contra una invasión argentina, enseguida sería el turno del crucero "Prat", buque insignia de la Escuadra que debía disparar su artillería contra la flota de desembarco adversaria.
A bordo estaba el ahora vicealmirante (r) Hernán Rivera, por entonces jefe del estado mayor de la Escuadra.
Por su naturaleza, el "Prat" probablemente habría sido el primer objetivo de los ataques argentinos, tanto aéreos como marítimos y submarinos. En el buque insignia lo sabían, pero nadie, dice Rivera, manifestó temor. "En la gente nuestra no había ninguna duda. El espíritu era ir cuanto antes a la guerra y definir esta cuestión", sostiene.
La gran ventaja de la flota argentina, explica, era el portaaviones "25 de Mayo", que le daba supremacía aérea y hacía vulnerables a los buques chilenos.
La Escuadra chilena, agrega, tenía a su favor la cohesión alcanzada por las tripulaciones tras un año de intenso entrenamiento, la eficiencia de la aviación naval -informaba cada cuatro horas la posición de los buques argentinos- y el refugio natural que ofrecían los fondeaderos en los canales.
"Ellos sabían que estábamos en el sur, pero no sabían dónde (...) Los fondeaderos de guerra son lugares absolutamente camuflados donde es imposible ver los buques, ni siquiera sobrevolando", asegura Rivera.
Así, las naves chilenas lograban disimular falencias como la escasez de pertrechos, debido al embargo de Estados Unidos, y el hecho que la iniciativa estaba en manos de los argentinos.
Con todo, admite el retirado oficial, "el 'Prat' habría sufrido daños importantes como consecuencia del ataque de los aviones del '25 de Mayo'. Por eso nos colocamos en una disposición de combate en la que primero estaban los buques misileros, que en el fondo eran los que iban a decidir esta cuestión en el combate de superficie".
Rivera recuerda como el momento más crítico el 20 de diciembre de 1978, cuando recibieron la orden de salir al paso de la flota argentina. El vicealmirante Raúl López Silva, comandante en jefe de la Escuadra, reunió a los capitanes de todos los buques y les advirtió: "Señores, vamos a definir esta situación de una vez por todas. Se acabaron los ejercicios. La próxima vez que toque un zafarrancho de combate significa que estamos enfrentados a los argentinos".
Pocas horas después, cuando la Escuadra aún salía hacia el teatro de operaciones, sonó el citado zafarrancho. "Le prometo que nunca vi tanta rapidez para cubrir los puestos de combate", recuerda Rivera. La alarma, eso sí, resultó falsa. El "contacto" del sonar resultó ser una sonda estadounidense que recolectaba datos atmosféricos.
Así fue que ambas fuerzas llegaron a estar a unas 10 horas de poder atacarse con sus misiles, lo que fue impedido por la mediación papal. Rivera asegura que la Divina Providencia también hizo lo suyo, desatando un temporal que dilató la "Operación Soberanía", que debía comenzar tres días antes de la "Hora H" con la toma de unas pequeñas islas al sur del Beagle.
"Nunca había visto un tiempo tan malo, estaba pésimo. Estaba tan malo que no había posibilidad de operaciones aéreas ni anfibias. De no haber mediado las condiciones de tiempo, y si los argentinos hubiesen cumplido el plan 'Soberanía', esto no se habría podido parar", concluye.
Autor:Iván Martinic
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