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Argentina y el regreso del poder submarino: la lección de Malvinas y la era de los submarinos compactos

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La Guerra de Malvinas sigue siendo, más de cuarenta años después, una de las pocas campañas modernas que demostró de manera directa una verd...

La Guerra de Malvinas sigue siendo, más de cuarenta años después, una de las pocas campañas modernas que demostró de manera directa una verdad fundamental del combate naval: el poder submarino puede condicionar el destino de una guerra incluso cuando se dispone de muy pocos medios.

En 1982, en el Atlántico Sur, la Armada Argentina y la Royal Navy protagonizaron un conflicto que todavía hoy ofrece lecciones estratégicas de enorme valor. Entre ellas, una destaca por encima de todas: en el mar, la presencia invisible de un submarino puede pesar más que la fuerza visible de una flota entera. El caso del ARA San Luis, que con una sola unidad mantuvo en tensión permanente a la Task Force británica, es un ejemplo casi perfecto de cómo el dominio submarino no se mide únicamente en hundimientos, sino en incertidumbre, disuasión y control psicológico del espacio marítimo.

Malvinas dejó claro que el submarino es, por excelencia, el arma de la negación del mar: obliga al adversario a maniobrar con cautela, consume recursos antisubmarinos desproporcionados y limita la libertad operativa incluso de las marinas más poderosas. Y, sobre todo, confirmó un principio que a menudo se olvida: el control marítimo no puede existir sin el control del espacio subacuático. Quien domina el mundo submarino no solo se protege: condiciona profundamente a las flotas de superficie, las obliga a cambiar rutas y formaciones, restringe sus opciones tácticas y reduce su libertad de maniobra. En otras palabras, controlar lo subacuático significa influir directamente sobre todo lo que ocurre arriba.

Por eso, resulta difícil imaginar que un país como Argentina —una nación bioceánica y bicontinental, con miles de kilómetros de litoral, una de las plataformas continentales más extensas del planeta y un vínculo profundo con el mar— pueda permanecer sin una capacidad submarina operativa.

El mar no es solamente un espacio geográfico: es comercio, soberanía, recursos, rutas estratégicas y proyección hacia la Antártida. Más del 90% del intercambio argentino depende del dominio marítimo, y gran parte de sus intereses vitales se encuentran precisamente en aguas litorales, someras y complejas, donde el submarino encuentra su entorno natural.

En este contexto, recuperar una componente subacuática no es un lujo ni una nostalgia: es una necesidad estratégica. Y quizás, en el siglo XXI, la respuesta no pase por submarinos enormes y costosos, sino por soluciones más simples, más accesibles y al mismo tiempo extraordinariamente eficaces: los submarinos compactos modernos, capaces de devolver a Argentina una fuerza submarina digna de su historia y de su futuro.

EL LITORAL ARGENTINO: DONDE EL TAMAÑO SE VUELVE UNA DESVENTAJA

El contexto operativo argentino está marcado por una geografía marítima inmensa, pero sobre todo por una característica decisiva para la guerra submarina: la predominancia de aguas someras y litorales. Argentina se apoya sobre una de las plataformas continentales más extensas del mundo, prolongada a lo largo de miles de kilómetros. El borde de la plataforma (“shelf break”) se sitúa típicamente entre 70 y 190 metros, con pendientes muy suaves que generan vastas áreas navegables… pero relativamente poco profundas. En ese marco, una parte enorme del espacio marítimo de interés nacional —del orden de un millón de km², aproximadamente el 36% (sin considerar el área antártica)— corresponde a aguas costeras con profundidades generalmente inferiores a 100 metros, precisamente donde se concentran los intereses estratégicos: tráfico marítimo, recursos pesqueros y energéticos, infraestructuras críticas y control de accesos.

Y es en ese litoral donde la física impone reglas diferentes. El fondo irregular, la reverberación, el ruido ambiental, los falsos contactos y la congestión superficial degradan la eficacia de los sensores, acortan los tiempos de decisión y convierten la evasión tras un lanzamiento en un arte más que en un procedimiento. La Guerra de Malvinas lo demostró con crudeza: el ARA San Luis, aun con limitaciones técnicas y sin impactos confirmados, logró mantener en tensión a fuerzas británicas durante semanas; tras sus ataques aislados, pudo permanecer inmóvil y silencioso cerca del fondo, alrededor de 70 metros, mientras sobre él se desataban búsquedas frenéticas y ataques contra contactos ambiguos.

En contraste, el ARA Santa Fe reveló la otra cara del litoral: cuando un submarino grande se ve obligado a operar en canales de 40–50 metros, con poco margen vertical para sumergirse y maniobrar, puede quedar expuesto y convertirse en un blanco relativamente fácil. La conclusión es clara: en el litoral argentino, los medios más favorecidos no son necesariamente los más grandes, sino los que mejor transforman la poca profundidad y el “desorden” acústico en ventaja.

Por eso, en estas aguas “sucias”, someras y acústicamente caóticas, el tamaño —que en mar abierto puede parecer una ventaja— se convierte a menudo en una carga. Un submarino convencional estándar de 2.000 toneladas o más necesita más profundidad para sumergirse con tranquilidad, mayores márgenes verticales para maniobrar con seguridad y más espacio para evadir tras un lanzamiento. En el litoral, donde el fondo está cerca y la superficie también, esos márgenes se estrechan hasta volverse críticos: hay menos “colchón” para escapar, menos opciones de cambio de cota y menos libertad para girar o acelerar sin delatarse. Y cuando el submarino grande queda “encajonado” entre fondo y superficie, su inercia, su silueta y el conjunto de señales asociadas a un casco mayor tienden a aumentar su exposición.

En términos prácticos, un submarino grande en aguas litorales es más fácil de limitar, más fácil de empujar al error y, sobre todo, más vulnerable a la contradescubrimiento. En ese entorno el adversario no necesita un contacto perfecto: le basta con reducir el área probable y saturar el escenario con sonoboyas, helicópteros, arrastres acústicos y barridos repetidos hasta obligar al submarino a moverse… y al moverse, revelar su presencia. El problema es que, en profundidades de 60–100 metros, un casco de 2.000 toneladas o más queda “encajonado” entre el fondo y la superficie: tiene menos margen vertical, menos geometrías de escape y menos libertad para maniobrar sin delatarse. La imagen es muy clara: un submarino convencional en el litoral se parece a una ballena en una piscina, grande, con movimientos condicionados, más fácil de localizar y con pocas vías reales de fuga.

En cambio, un submarino compacto puede jugar otra partida. Puede desplazarse muy próximo al fondo, aprovechando cada irregularidad del relieve y cada zona de sombra acústica. Y aquí hay un detalle decisivo: su eco de retorno —mucho menor que el de un casco grande— se confunde con mayor facilidad en el clutter del fondo; y cuando el mar está movido, también puede mezclarse con el clutter de superficie, dificultando aún más la discriminación del blanco. Por eso, en el litoral, el compacto convierte lo que para un submarino grande es una trampa en su mejor aliado: el fondo, la complejidad acústica y el desorden del mar dejan de ser amenazas… y se transforman en protección.

EL SUBMARINO COMPACTO: POTENCIA COMPLETA EN DIMENSIONES INTELIGENTES

Un submarino compacto moderno, como el DGK de DRASS, con menos de 300 toneladas de desplazamiento en inmersión, representa hoy una categoría nueva y estratégica: no es un midget ampliado ni un SSK reducido. Es una plataforma concebida desde el inicio para combinar la discreción extrema de los pequeños con las capacidades operativas completas de los grandes.

Ilustración 1 - El DGK, submarino compacto de nueva generación: diseñado para dominar el litoral, reducir la firma al mínimo y convertir las aguas someras en un espacio de ventaja táctica.

Su primera fortaleza es la firma. El volumen reducido implica una menor firma acústica activa, lo que significa una distancia de contradescubrimiento significativamente inferior frente a sonar activo Del mismo modo, al ser más pequeño, genera menos ruido en origen: menos ruido de maquinaria (por menor potencia instalada y menores masas en movimiento), menos ruido hidrodinámico (por un casco más corto y con menor superficie mojada) y, a igualdad de velocidades tácticas, menor propensión a la cavitación. Todo ello se traduce en una firma acústica pasiva más baja, dificultando la detección y clasificación por sonar pasivo. A esto se suma una firma magnética muy baja, así como reducciones en las firmas térmica, óptica y radar. En términos prácticos: es un blanco mucho más difícil de encontrar, fijar y seguir.

Pero el verdadero salto cualitativo no está solo en el tamaño, sino en lo que el casco puede integrar y sostener por dentro. A diferencia de un midget tradicional —normalmente en el orden de 100–150 toneladas de desplazamiento—, que por definición opera con tripulación mínima, poca redundancia, autonomía más limitada y sistemas necesariamente simplificados, el submarino compacto se concibe para llevar una arquitectura completa y plenamente “operable” en el tiempo. Mantiene la discreción y la agilidad de los pequeños, pero añade la solidez que exige una plataforma de primera línea: un sistema de mando y control robusto con CMS (Combat Management System) completo; una suite de sensores integral (sonar pasivo moderno, sonar de navegación y obstáculos, ESM y mástil optrónico); comunicaciones plenas para integrarse en redes navales modernas; armamento pesado real —torpedos pesados, minas y capacidad para operaciones especiales—; y, quizá lo más importante, una dotación suficiente para repartir funciones críticas, reducir la carga cognitiva y sostener misiones prolongadas con seguridad y eficacia.

Y aquí conviene subrayar un concepto crucial: el submarino compacto no está “condenado” al litoral. Es extraordinariamente eficaz en aguas someras —donde su tamaño y su baja firma lo vuelven especialmente difícil de detectar y de fijar—, pero mantiene su eficacia también en fondos profundos, conservando las mismas ventajas de menor detectabilidad, mayor capacidad de evitar la contra descubrimiento y elevada operatividad. No es la herramienta ideal para misiones oceánicas muy prolongadas a grandes distancias de las propias costas; sin embargo, para prácticamente todas las misiones típicas del submarino moderno —ISR, operaciones especiales, sea denial, interdicción, patrulla, minado encubierto, operaciones en el fondo marino y control discreto de áreas sensibles— el compacto puede resultar incluso más eficaz, con niveles de resistencia plenamente comparables a los de plataformas mayores, pero con una huella mucho menor y una supervivencia potencialmente superior. En otras palabras: puede hacer lo que hace un submarino convencional moderno, pero en un casco tres o cuatro veces más pequeño, y con ventajas que se mantienen tanto en el litoral como en aguas profundas.

Desde el punto de vista económico, la diferencia es aún más estratégica. El costo de adquisición y ciclo de vida de un compacto es aproximadamente una fracción del de un submarino convencional. Con el presupuesto necesario para un SSK moderno, un país puede adquirir tres o incluso cuatro submarinos compactos. Esto cambia completamente la ecuación operativa: no se trata solo de tener un submarino, sino de poder constituir una flotilla, garantizando presencia permanente en el mar y multiplicando la disuasión.

También los tiempos juegan a favor: mientras un SSK puede requerir 7–8 años desde contrato hasta entrega, un compacto puede estar operativo en 3–4 años. La menor complejidad reduce el riesgo industrial, limita la exposición a variaciones de costos y permite recuperar capacidad submarina con mucha más rapidez. Además, esa misma “simplicidad inteligente” hace que el transferencia de tecnología sea normalmente más viable y rentable: es más fácil absorber conocimientos, formar personal, integrar proveedores y generar retornos concretos para la industria local, acelerando la autonomía logística y el sostenimiento nacional del sistema.

Frente al midget, el compacto supera sus limitaciones estructurales: mayor autonomía, mayor resiliencia de tripulación, mejor procesamiento de datos, mayor versatilidad táctica . Frente al SSK, evita su gran vulnerabilidad en aguas litorales, su inercia, su mayor firma y sus costos prohibitivos.

En síntesis, el submarino compacto no es un compromiso: es una optimización estratégica. Conserva lo esencial: sigilo, maniobrabilidad, letalidad inicial, y elimina lo superfluo: volumen innecesario, costos desproporcionados, complejidad excesiva.

Y en un teatro como el Atlántico Sur, donde predominan las aguas litorales y la disuasión inteligente vale más que la ostentación, esta categoría puede representar la solución más racional y eficaz.

MÁS ALLÁ DE LOS MITOS: LA VERDADERA ARMA ES DESAPARECER

Escuchamos con frecuencia algunas objeciones casi automáticas cuando se habla de submarinos compactos. Se dice que “llevan pocos torpedos”, que “no tienen misiles”, que “sin AIP no pueden ser realmente furtivos”. Son argumentos repetidos tantas veces que parecen verdades indiscutibles. Pero cuando se los observa desde la lógica real del combate submarino —especialmente en aguas litorales como las argentinas— se descubre que esas supuestas desventajas son, en gran medida, mitos heredados de una visión equivocada: la idea de que el poder submarino se mide por el tamaño o por la cantidad de armas embarcadas.

La guerra de Malvinas nos dejó una lección brutalmente clara. El ARA San Luis pasó semanas enteras patrullando en un escenario complejo, saturado de incertidumbre acústica y de contactos ambiguos, con muy pocas oportunidades reales de ataque. En la guerra submarina, sobre todo en aguas someras, no se lanzan torpedos “a voluntad”: se espera durante días una ventana táctica única, un instante irrepetible. Y cuando finalmente llega, lo decisivo no es cuántos torpedos quedan en la estiba, sino lo que ocurre después del disparo.

Porque tras el primer ataque, el mar cambia de naturaleza. El adversario despliega helicópteros, sonoboyas, sonar activo, patrullas aéreas, ataques repetidos. La prioridad deja de ser “volver a disparar” y pasa a ser sobrevivir. Y el San Luis logró precisamente eso: sobrevivió gracias a su disciplina acústica, a su capacidad de maniobra, y sobre todo a su habilidad para esconderse en profundidades reducidas, pegado al fondo, convirtiendo el litoral en un aliado. Esa es la verdadera arma submarina: la capacidad de desaparecer.

Por eso, cuatro torpedos no son una limitación. Son más que suficientes. Un solo torpedo pesado, bien empleado, puede causar un daño enorme y, de hecho, neutralizar incluso una unidad de alto valor. La realidad del combate no exige doce armas disponibles, sino una plataforma capaz de lanzar una o dos… y luego escapar. En el litoral, cada tonelada extra, cada metro adicional de casco, cada incremento de firma activa se convierte en vulnerabilidad. Un submarino compacto moderno, mucho más pequeño incluso que el San Luis pero con la misma capacidad ofensiva, será todavía más difícil de detectar y localizar, incluso frente a sonares activos actuales infinitamente más avanzados que los de 1982.

Lo mismo ocurre con el argumento de los misiles. A veces se presenta la capacidad de lanzar misiles antibuque como un “cambio de juego”. Pero en aguas confinadas, el lanzamiento de un misil es casi un acto suicida: el misil debe romper la superficie, genera una firma visible, es rastreado inmediatamente por radar, y sobre todo revela con precisión el área de lanzamiento. Invita a una persecución inmediata y concentrada. Además, los buques modernos disponen de defensas en capas: un misil aislado rara vez garantiza destrucción. El torpedo, en cambio, sigue siendo el arma submarina por excelencia: invisible, guiado, devastador bajo la quilla y compatible con la supervivencia del atacante.

Y finalmente, está el mito del AIP fuel cell como condición indispensable para la furtividad. Durante años se lo consideró la solución definitiva. Pero hoy esa ventaja se está reduciendo rápidamente. Un submarino compacto, optimizado energéticamente y equipado con modernas baterías de ion-litio, puede alcanzar ya tasas de indiscreción del orden del 14–15%, frente al 20% típico de muchos convencionales, y acercándose al 10% de los AIP. Y en pocos años, gracias al desarrollo acelerado de baterías impulsado por la industria automotriz, esa brecha se cerrará aún más, haciendo superflua una tecnología compleja, costosa y potencialmente riesgosa.

En el litoral, al final, no gana el submarino que lleva más armas. Gana el que puede atacar… y seguir vivo para volver a hacerlo.

CONCLUSIÓN

Argentina no necesita redescubrir el valor del submarino: ya lo conoció en carne propia en 1982. Malvinas demostró que una sola unidad, silenciosa y decidida, puede alterar el comportamiento de una flota entera, imponer prudencia a una potencia superior y convertir el mar en un espacio de duda permanente. Esa es la esencia del poder submarino: no se mide en toneladas, ni en catálogos, ni en promesas tecnológicas. Se mide en la capacidad de estar donde el adversario no te espera… y de seguir allí cuando él cree haberte encontrado.

Hoy, el desafío es distinto, pero la lógica es la misma. El Atlántico Sur, con su litoral inmenso, sus aguas someras, sus recursos vitales y su proyección natural hacia la Antártida, exige presencia silenciosa, persistente y creíble. Y esa credibilidad no nace de un solo casco “perfecto” que pasa años en construcción y luego meses en mantenimiento: nace de una fuerza que pueda estar en el mar, rotar, reaparecer, sostener el esfuerzo. Nace de una capacidad que no dependa de la excepcionalidad, sino de la continuidad.

Por eso los submarinos compactos modernos representan una oportunidad histórica. No son una renuncia: son una respuesta inteligente. Una forma de recuperar la disuasión con realismo, de reconstruir una flotilla con tiempos y costos compatibles, y de volver a darle al país la herramienta que más condiciona a cualquier adversario: la incertidumbre subacuática. En un escenario donde los sensores son cada vez más sofisticados, la mejor defensa sigue siendo la más antigua: el silencio, la maniobra y la capacidad de desaparecer.

Pero, por encima de todo, está el factor humano. Argentina tiene una tradición submarinista profunda, un orgullo legítimo y una historia que no se borra. Recuperar una componente subacuática no es solo sumar un medio militar: es volver a encender una cultura, una escuela, una identidad. Es devolverle al mar argentino esa presencia invisible que disuade, protege y obliga a respetar.

Que Malvinas no sea solo memoria. Que sea también brújula. Porque una nación marítima y bicontinental como Argentina no puede resignarse a mirar el océano desde la superficie.

Periscopio alto!

Sobre el Autor: Almirante (R) Liborio Palombella / liborio_palombella#hotmail.com

El es ex submarinista de la Marina Militare Italiana, con cuatro décadas de servicio operativo. A lo largo de su carrera comandó dos submarinos (clases Toti y Sauro) y también unidades de superficie, incluyendo una fragata antisubmarina clase Maestrale y un crucero multifunción clase Horizon. Fue responsable del área de Análisis y Evaluación Táctica en el centro de adiestramiento de la Marina Italiana, y se desempeñó como Jefe de la Oficina de Operaciones de las Fuerzas de Altura de la Marina Italiana y de las NATO Response Forces. Es graduado en Ciencias Marítimas y Navales y posee un Máster en Estrategia Marítima, acumulando una experiencia transversal en los aspectos operativos, tácticos y estratégicos vinculados a la guerra submarina. Ha colaborado con la empresa italiana DRASS, heredera de la tradición centenaria de Italia en el campo de los submarinos de pequeñas dimensiones, contribuyendo al desarrollo del requisito operativo para el nuevo concepto de submarinos compactos.

Fuente:
Almirante (R) Liborio Palombella . (21/02/2026). Argentina y el regreso del poder submarino: la lección de Malvinas y la era de los submarinos compactos.pdf. 

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